domingo, 29 de abril de 2012
RODRIGO ESPAÑA: "Lo mejor que he leído de literatura en el norte es un quincenario policial de Orán"
Nací en cholonca city, más conocida como Tarija, Bolivia, hace como un cuarto de siglo y me vine para estos lares estudiar algo y terminé haciendo todo lo contrario, y como me iba bien y era posible la despenalización del consumo decidí quedarme. Ahora duermo por las mañanas, saco fotocopias de certificados de defunción por las tardes y a la noche voy a un terciario por el sur. Hay un par de libritos dando vueltas por ahí, son las partes de la novelacra que hace un tiempo vengo escribiendo con el hígado, las patas y como el culo.
¿Por qué escribís?
Uno hace lo que hace porque no tiene otra cosa mejor que hacer, porque está enteramente al pedo, en pedo y de pedo cuanto se interna en estas cuestiones disque artísticas. Tal vez existan otras motivaciones más nobles, como levantar minitas, vender el alma al diablo para tocar bien la viola, pegarle una patada a un alemán, etc. Que nos llevan a cometer tales actos de irreverencia como lo es la escritura de ficción. Alguna vez intenté hacerlas todas y no me salió ninguna, así que me di con que escribo cuando estoy al pedo. Hay que sentar las bases del pedorrealismo de una buena vez, creo que en otra ocasión lo conversamos, pero no viene al caso. Lo importante es que los chilenos nos devuelvan el mar, eso es lo importante. Y ya que estamos, que los piratas reconozcan que las Malvinas son argentinas, que la lucha del pueblo palestino no se acabe y que el nuevo orden mundial no nos agarre con los pantalones abajo y un patito de goma introducido en el ojete.
¿Cuándo empezaste a escribir?
Cuando tenía como 11 o 12 años con un amigo del barrio hacíamos algo así como pequeñas funciones de títeres bastante warangas para los más changuitos en mi casa que por las tardes siempre estaba vacía, cobrábamos 10 centavos la entrada y con esa plata luego nos íbamos al vicio al jugar al mortal kombat. Además grabábamos algo así como radioteatros improvisados en casetes parodiando noticieros y demás programas de televisión que siempre terminaban en el delirio o la pornografía. Creo que esos fueron los primero acercamientos a la escritura, aunque me parece no haber escrito nada sino hasta unos años después cuando quería impresionar a una amiga que nunca me dio bola, pero que se llevó muchos de los primeros textos.
¿Qué autores despertaron esta vocación?
Más que autores pienso en situaciones en las que no tenía nada por hacer, ganar o perder, lo mismo que con la lectura, aunque no creo que sea una vocación, sino más bien una consecuencia de las circunstancias: el cerro detrás de mi casa, las tardes interminables tirando piedras a botellas en un basural, la erosión y los churkis, los perros hinchados que traía la quebrada. Todo eso, me di cuenta un día, había que contarlo de alguna manera.
¿Qué libros o autores te influenciaron?
En orden transversal: el diablo Etcheverry en el mundial del 94, Bruce Lee en Operación dragón, el bajo de dos cuerdas Mark Sandman, la bala que le revienta el marote a Cobain (no Cobain en sí), innumerables borrachines con los que he podido compartir algunos alcóles y noches-días de interminable búsqueda de algo que no sospechábamos, el disco de Reynols: Gordura vegetal hidrogenada, un par de películas de John Waters, el cine porno en general, el enano que se caga de risa en la película de Herzog, y ya que estamos también el compadre Kinski repartiendo a golpes a los extras en Aguirre o la ira de dios y también cuando agarra al mono en la balsa.
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten? (por qué)
que lo hace un compadre que ahora no recuerdo el nombre pero que hasta hace unos años circulaba con regularidad y cada vez que pasaba por ahí me compraba varios números, ahora no se si sale, se llamaba Por encima de la ley o Fuera de la ley, no lo recuerdo bien porque todos los ejemplares que tenía los presté a varios amigos y nunca me los devolvieron. También algunos cuentos de Aparicio en Sombra de fondo (cuando no se pone tan melancólico) me resultaron agradables la primera y única vez que los leí, luego textos varios de amigos y no tanto que andan escribiendo o haciendo la suya por ahí sin interesarles demasiado la cuestión literaria ni el vedetismo intelectual.
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malos? (por qué)
Abiertamente malos no sé si lo sean, pero cerradamente pelotudos sí, seguro, todos aquellos que escriben dos versos y ya se andan diciendo poeta esto poeta lo otro, hay veces que no entiendo la necesidad de llamarse a sí mismos o al grupo de personas que los rodean como poetas, como mencionando un rango en el regimiento de escritores, también me caen pesados todos lo que utilizan la palabra bohemia para describir sus actividades diarias. Ahora que si vamos a la parte de la escritura estrictamente la gran mayoría de las cosas que se producen por estos lados (tanto jóvenes como veteranos) son muy “light” por decirlo de alguna manera, todo bien lindo y bien escrito, sin errores de ortografía ni sintaxis, en el medio, siempre en el medio, sin tomar partido por nada ni por nadie. Escritura hecha para caretear y poder leer un par de poemitas en alguna noche de empanadas y vino en algún centro cultural, para que en la calle te vean y digan ¡ahí va el poeta! Citando al pepe “que el choto me chupe la poesía”
¿ Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
Como un año, un par de meses largos y cuarto hígado, aunque todavía lo sigo corrigiendo (el libro, no el hígado).
¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? ¿De no ser escritor, qué te gustaría ser?
Me hubiese gustado tocar el bajo en una banda de música chicha que haga fusión con el jazzcore.
¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
La ficción funciona sola, no necesita de nada, es independiente al relato o a las palabras mismas. Ahora para que sea buena tal vez necesita de un poco de ridículo extremo, de ritmo y buenos diálogos, de palabras que estén al pedo y no sirvan de nada, de descripciones que no lleguen nunca a agotar lo dicho y de bifurcaciones que te dejen pensando en qué carajo estabas haciendo la mañana del 11 de septiembre mientras los yanquis armaban el autoatentado y que te den ganas de clavarte una paja furibunda y luego añorar a las mujeres que alguna vez han estado sentadas con la pierna cruzada un poco no tanto como para que se le vea la sombra de la tanga.
Tu top ten de escritores.
Juan Carlos Onetti, David Foster Wallace, John Kennedy Toole, Victor Hugo Vizcarra, Jeff Magnum, Antonio Di Benedetto, Mark Sandman, Boris Vian, Werner Herzog y el compadre de los policiales de Oran que no me acuerdo el nombre.
domingo, 22 de abril de 2012
LUCILA ROSARIO LASTERO: "Dar algo bueno es contar buenas historias"
Una breve autobiografía: nací en Florencio Varela, Provincia de Buenos Aires, en 1978. Me radiqué en Salta en 1980. Me recibí de Profesora en Letras en la Universidad Nacional de Salta en el año 2003. Recibí algunas menciones y premios literarios en concursos nacionales de cuentos. En el año 2007 gané el Primer premio en los Concursos Literarios anuales de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta, por el libro de cuentos No habrá nunca una puerta. En el año 2010 gané una beca en el “Concurso Becas para artistas y escritores del interior del país, Especialidad Letras” del Fondo Nacional de las Artes. En el año 2011 gané nuevamente el Primer premio en los Concursos Literarios anuales de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta, esta vez por el libro de poemas Tres heridas. Actualmente ejerzo como docente auxiliar en la cátedra “Literatura argentina” de la Universidad Nacional de Salta y en varias instituciones secundarias y terciarias de la Provincia de Salta e integro un proyecto de investigación sobre estudios literarios en la Universidad Nacional de Salta. Escribo de vez en cuando en el blog “Palabreríos o imposturas” ( www.palabreriosoimposturas.blogspot.com )
¿Por qué escribís?
Creo que es, en primer lugar, mi forma de comunicarme y algo que necesito hacer, es decir, es una necesidad vital. Si no pudiera difundir mis textos nunca más y si todo el mundo me dijera que escribo mal, igual seguiría escribiendo porque, en principio, es un compromiso conmigo misma, más allá de la aceptación y la evaluación. Pero, por otra parte, mientras mis textos puedan leerse, también pienso que hay un compromiso social en eso, que es simplemente hacer que la gente disfrute de algo bueno. Y dar algo bueno es contar buenas historias.
¿Cuándo empezaste a escribir?
En la adolescencia, como pasatiempo solitario. Con mayor seriedad, a los 20 años más o menos, cuando escribí mi primer cuento.
¿Qué autores despertaron esta vocación?
Marco Denevi. Fue leyendo un cuento de él cuando dije “yo quiero escribir cuentos”.
¿Qué libros o autores te influenciaron?
Creo que los relatos de Marco Denevi, Abelardo Castillo y Liliana Heker. Salinger y Camus también fueron parte de mis lecturas de cabecera (no sé si me influyeron precisamente o no).
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten? (por qué)
Me fascinó la escritura de Carlos Hugo Aparicio, cuando la descubrí en la universidad. También tuvo mucha importancia para mí la narrativa breve de César Alurralde. Me gustan mucho las autoras Gloria Lisé, Libertad Demitrópulos y Ana Gloria Moya, por sus reconstrucciones de la historia argentina y de la mujer en la historia. Las novelas de Jorge Accame y de Héctor Tizón me parecen fascinantes.
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malos? (por qué)
Sí, pero ninguno que sea parte del canon. Es decir, no son conocidos. Cuando un autor no es conocido y escribe, y no escribe “bien”, igual me parece valioso que escriba. Creo que la escritura es algo para todos. Cualquier persona que tiene ganas de escribir puede hacerlo. De allí que ingrese al canon o no, eso se verá después.
¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
Sí, cerca de 10 años. Además de la inexperiencia, en ese tiempo era estudiante universitaria y de Letras, y eso me quitó muchísimo tiempo de “creación”.
¿Alguna vez pensaste en no ser escritora? De no ser escritora, qué te gustaría ser?
Nunca pensé en no ser escritora porque, como dije antes, para mí es algo vital, algo necesario. De todas formas, lo que me atrapa es la construcción de personajes, por lo tanto, si no me dedicaba a la escritura y si no fuera porque soy exageradamente tímida, me hubiese gustado ser actriz.
¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
Debe tener una historia atrapante y un final grandioso. Tiene que dejar pensando al lector, pensando en la vida, en la muerte, en mil cosas; si no deja pensando, no funciona.
Tu top ten de escritores.
1. Marco Denevi
2. Alessandro Baricco
3. Julio Cortázar
4. Abelardo Castillo
5. Isidoro Blastein
6. Albert Camus
7. Liliana Heker
8. J. D. Salinger
9. Martín Kohan
10. Carlos Hugo Aparicio
(dudo un poco del orden, pero es un intento)
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ASÍ ESCRIBE
Hoy sí que va’ be’ linda venta, le había dicho su madre, con la voz un poco más aguda por el entusiasmo y, quizás, por el jodido polvo que levantaba la tierra del patio (que por la falta de lluvia se le colaba por la garganta mientras barría) y que la hacía carraspear todo el tiempo. Linda venta, repitió la mujer, tosió de nuevo, y guardó un pan con salame y queso en la mochila de su hija.
Después, la chica salió de la casa, con las manos llenas de claveles blancos y rojos. El colectivo atestado de gente y el viaje hasta el centro, de pie y balanceándose tras la búsqueda del pasamanos del cual colgarse con los dedos que le quedaran libres, la obligaban a abrazarse al ramo continuamente. Y en ese abrazo protector un pétalo le rozaba de tanto en tanto la boca, y ella fruncía la cara y apartaba la flor como si se tratase de una pelusa inmunda.
[…]
Fragmento de La vendedora de flores
jueves, 19 de abril de 2012
EL PAISAJE Y EL TERRITORIO (NEGRA, TURBIA, ENVOLVENTE: ATMÓSFERA NARRATIVA SALTEÑA ACTUAL)
Por Juan Pas
- Porque no son un paisaje.”
Paul Virilio, El Cibermundo,la política de lo peor
1. LA ZONA. “Cuarto oscuro, Apaga la luz”, organizado por Fer Lunática y Andre Sbaraglia tuvo lugar en el Centro cultural Aristene Papi el sábado 14 de abril de 2012 a las 20 horas, es decir antes de que abrieran los bares y las peñas folclóricas de la zona de la Balcarce, y reunió en una hora de lectura las voces de representativos jóvenes narradores salteños.
2. EL CLIMA. Llegué. La gente esperaba afuera. Las puertas estaban cerradas. Adentro se oían ruidos, gritos, muebles en movimiento. Debíamos esperar. Demoraron. Algunos conversaban, otros fumaban, otros miraban sin animarse a pedir una seca, otros ya habían fumado y sonreían, otros únicamente fumaban tabaco, otros nunca habían fumado, otros fumarían si les ofrecieran pero no le agarrarían el hábito, otros ni siquiera pensaban que fumar fuera una posibilidad. En fin, la complejidad es tal que resulta imposible separar a las personas entre fumadores y no fumadores. Eso sí, muchos eran ex o actuales estudiantes de letras de la universidad nacional. También había quienes iban a buscar cervezas, otros a buscar un baño porque el centro cultural no cuenta con uno: la vía, un bar vacío, iluminado y sucio, todavía sin maquillaje, las sillas sobre las mesas, un montoncito de mugre cerca de la pala, junto a una escoba estacionada y una mujer que dice ‘es por ahí’. Parecía que iba a llover, era la frase que daba con los ánimos por el suelo. Aunque lloviera, mejor no hablar de ciertos temas. Por fin ingresamos. Había un sendero de velas encendidas que dirigían nuestros pasos en dirección a un túnel hecho con una tela negra. Pasamos por debajo. Recibimos la bienvenida de las anfitrionas. Nos transportamos a la oscuridad. Los espectadores comenzaron a ocupar su espacio en el piso, no había sillas, o las que había no tenían mucho sentido usarlas: el espacio lo hacen los deseos, el deseo de sentirse cómodo. En definitiva, podías elegir qué espectador ser: algunos decidieron recostarse, la mayoría se sentaron, orientados en diferentes direcciones, los menos permanecían de pie, apoyados contra las paredes o en las pocas sillas. De vez en cuando unas linternas diminutas daban luz, luego desaparecían, igual que en el teatro Provincial, aunque en este caso obedecía a la necesidad de crear una atmósfera y no era el recurso para buscar asientos . Alejandro Luna presentó sin muchos rodeos a los narradores y comenzó la lectura.
3. LA OSCURIDAD. Un grupo de actores (o de personas que cumplían ese rol) dio inicio a una sesión de teatro leído. Con la ayuda de las pequeñas linternas iban desarrollando un guión pensado para enmarcar los textos que cada autor iba a leer. A cada turno le correspondía un linternazo, luego la luz se extinguía. El guión ficcionalizaba un encuentro de lectores reunidos para comentar y compartir sus impresiones acerca de los cuentos. Algunos eran anodinos pero cómicos, como uno que dice “No se la pudo coger a la Ceci el boludo este”, respecto del cuento de Rodrigo España; otros, como el del cierre, producía estremecimiento: “¿Estamos existiendo ahora?”, pregunta uno de los actores en el clímax final, “Creo que sí, apagá la luz”, es la respuesta que obtiene. Cada vez que un autor iba a leer, todas las linternas dejaban de funcionar, menos, claro, la del lector, quien la mayoría de las veces estaba apostado en un sitio diferente de la sala al que ocupaba el grupo de actores. Luego supe que esto estaba previsto por el guión. A veces el ruido del tren de carga, que jamás terminaba de agarrar viaje, entorpecía la escucha o, desde otro punto de vista, obligaba a reforzar la atención en los oyentes. Un micrófono hubiera resuelto el problema, salvo que ya no hubiesen sido las emanaciones de los cuerpos lo que recibiríamos sino la mediación impuesta por la tecnología. La linterna ya era suficiente prótesis.
4. LA REVUELTA DE LOS ALDEANOS. Leyeron Rodrigo España, Alejandro Luna, Fer Lunática, María de los Ángeles Rojas y Daniel Medina. Cada uno aportaba una cuota de dramatismo al evento. Una voz, de pronto, se apropiaba de la escena negra, fluía como una serpiente que circulaba, envolvía, envenenaba, convocaba ciertos rituales en donde el cuerpo presente del narrador comparte el calor del cuerpo deseante del oyente: en la ausencia de luz construían una comunidad pasajera, cuyo estatuto era el secreto, su posesión, su distribución. Cada uno pasaba las hojas de su cuento como si fuera un buzo explorando el fondo marino, apenas ayudado por una linterna del tamaño de un dedo. Sumergido, sí, pero recubierto por una burbuja ciega que lo aproximaba a los demás, que aproximaba a los demás a una respiración común, a veces opresiva en la que muchas cosas que se contaban eran, como dice Salas de uno de sus personajes, raras, feas y sucias como ninguna.
5. LA VELOCIDAD DEL SONIDO. La primera envolvente: la tela negra por la que ingresamos. La oscuridad, la sala sin iluminación, apenas un sendero de ocho velas cuya luz moría a los pocos pasos. La oscuridad, los ojos cerrados, los oídos al descubierto, el impacto de la voz, la voz hecha un evento táctil, fluido, que se incorpora al organismo que lo recibe: tirado, la cabeza contra la pared, una viscosidad continua que va del ambiente al interior del cráneo, se cuela por la boca, la nariz, los oídos, se trastorna en aplausos, risas, sofocación, interjecciones, movimientos de cabeza que nadie ve. La oscuridad es la materia con la cual está hecha la piel, es decir el deseo, marca uno de los frentes del conocimiento: la atmósfera intencionalmente busca desvirtuar la visión y reconducir las sensaciones en dirección al oído, pero un oído que se comporta como si lo estuvieran tocando con la lengua. Especie de combate contra la velocidad de la luz propia de nuestra época, los artífices de esta lectura proveyeron a sus oyentes de las condiciones necesarias para recibir y demorarse en aquellas palabras. Las distracciones concurren pero no alcanzan a interceptar las voces que planean sobre humillaciones sexuales, fracasos amorosos, experiencias atroces y violentas que hablan de una ciudad mediana que podemos identificar con Salta, Tarija, Jujuy o Arequipa, hoy, es decir ciudades grandes pero no Grandes ciudades. Estas voces disuelven la calma aldeana al impugnar la prevalencia del paisaje (la relación estética que sujeta al individuo a un lugar) por sobre el territorio (la relación política que un individuo establece con los demás para producir un espacio social). No es un dato menor, no fuimos a un salón iluminado a presenciar rostros y poses, acudimos a participar de un turbio territorio que algunos empezaron a llamar nueva narrativa salteña (de todas maneras habría que buscarle otro nombre), en fin, una zona por venir plagada de cuerpos cuyo trance no necesita de la visibilidad, por el contrario elude esa ficción creada por el ojo, una ficción propia de nuestro tiempo y elaborada con el propósito de anular la existencia de lo invisible, y en cambio compromete e involucra (¿recupera?) los sentidos (olvidados) que nos dan existencia. La experiencia de habitar una ciudad mediana permite a los narradores desplegar en sus textos personajes cuyas vivencias colaboran en la producción de un espacio vivible: no solo están, generan estrategias de supervivencia que legitiman una “localidad” notoriamente anti arcaizante y describen trayectos y pasajes por zonas intencionalmente excluidas de los circuitos turísticos y las políticas sociales (como en el caso del periodista remisero que le enseña a un corresponsal del Página lo que es Salta en la actualidad y lo lleva a comprar merca al Bajo del cuento de Medina); de búsquedas de espacios de comunión e intercambios secretos con los otros, espacios donde lo social se nos representa como la superación del miedo a la proximidad y al contacto propias del discurso católico- oligárquico salteño (como sucede en los casos de Salas y Rojas); también hay una exploración de las subjetividades atravesadas por la incertidumbre, sujetos que no pueden hacer otra cosa que esperar a que suceda el mundo que jamás sucede y que en esta postergación hallan el sentido de su fracaso para vincularse con los otros (la imagen del fracaso amoroso y sexual en España y Luna explicita de alguna manera la soledad de los cuerpos urbanos que vagan en busca de aquellas zonas en donde no llega el poder – el río sin agua a la hora de la tarde fumando marihuana en España- , o bien el aplastamiento de toda posibilidad de emancipación – el heladero que vive con sus padres y miente acerca de sus perspectivas de futuro para evitar el ridículo en Luna). De todas maneras, una lectura atenta de estos cuentos nos daría quizá otros resultados, lo que aquí me interesa señalar es que el paisaje ha dejado de tener una presencia decisiva en el imaginario de estos narradores, con lo cual la contemplación deja paso al acontecimiento. El territorio es el ámbito donde el acontecimiento puede ser formulado en los términos de una narración, pero ¿cuál es el territorio?, ¿dónde queda? : queda aquí, en el cuerpo. El Tata Sarapura bajó del cerro y ahora vende ajos y mentisán en la vereda del Mercado San Miguel. La metáfora del cuarto oscuro no solo remite a la escritura como exploración íntima del lenguaje, además genera una política de la escritura: adentro y afuera pierden consistencia, lo importante es el desplazamiento por los lugares inestables de la ciudad, de alguna manera todos estamos adentro. Recuerdo a este respecto el discurso inaugural de la Expo libros Salta 2011 en el MAC cuando Mariano Ovejero, antes de asumir como Secretario de Cultura y Turismo, dijo, refiriéndose a la muestra de libros que YA ERA llevaba a cabo en la vereda del museo, que “los que están afuera, lo están porque quieren”. En realidad todos estamos adentro de la vida social, no porque participemos o no, sino en calidad de ciudadanos con pleno derecho a producir, hacer circular y consumir bienes culturales. Al mismo tiempo, las legitimidades proliferan: largos serían los tiempos si hubiera que esperar la autorización de un centro de autoridad. Por el contrario, los proyectos de auto gestión son los que emprenden las acciones más progresistas en la ciudad, los que movilizan más sentidos en relación a las prácticas artísticas, de manera tal que no hay un solo discurso sino que esas prácticas, por ejemplo escribir, exigen participar en la disputa por los sentidos. Con este panorama, una vez más el discurso político oficial (tanto el del Estado como el de los medios de comunicación hegemónicos) queda fuera de juego, su visión de la realidad es eso, una visión, el espectro de un cuerpo sin oídos. Términos como raíz, paisaje, tradición viva, folclore, no hacen más que encubrir la regresión social de los sujetos más vulnerables, pues son construidos, deliberadamente, para neutralizar prácticas ancestrales que sí tienen un sentido de resistencia: si se puede vender, entonces ya no es peligroso. Pero los pies andan, no dejan de andar y andar provoca encuentros: los cuentos de estos jóvenes narradores confrontan sin medias tintas aquél imaginario estático y las actividades que llevan a cabo, como Cuarto oscuro, como Belgrano 1517, proponen nuevos paradigmas para los usos, ocupaciones y propiedad de los espacios urbanos.
6. OÍDOS. El día de la presentación de estos narradores no era posible ver sus caras, no era necesario. Escribir no significa que te vean hacerlo. No son flashes fotográficos lo que debe buscar alguien, cualquiera, en la escritura, es un error pretender notoriedad a partir de la literatura así como lo es asumir que un escritor es el dueño de aquello que dice, como si tuviera algo que decir, como si nadie más que él, precisamente él, tuviera por destino decirlo, como si no existiera el lenguaje hasta su llegada al mundo, como si el mundo tuviera necesidad de sus palabras, como si sus palabras no fueran justamente aquellas que le han sido entregadas por su comunidad. Un escritor debe actuar de tal forma que termine por ser oído, por convertirse en oído, por oírse respirar mientras despliega su voz, debe aprender a descubrir en la proximidad de los demás la presencia de los otros, su necesaria compañía, y debe darse cuenta de que su voz, su pequeña voz, no es más que un evento, una forma secreta de coparticipar en la pasión por los sentidos que nos involucran como sociedad en el seno de una igualdad envolvente: la oscuridad, esa piel comunitaria en donde todos somos negros, o irse.
sábado, 14 de abril de 2012
MADAME MILI-MALISTA
-¿Por qué escribís?
Para memorizar al tener una memoria tan frágil.
¿Cuándo empezaste a escribir?
Cuando empecé a leer al autor francés para ver si lo entendía.
¿Qué autores despertaron esta vocación?
El autor francés
¿Qué libros o autores te influenciaron?
El autor francés, Chejov, Melville, Sergio Bizzio son los que más rápido llegan a mi mente.
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten? (por qué)
De otras generaciones anteriores diría Castilla y Regen. A Castilla siempre lo leí como un narrador de cuentos –algunos de suspenso y terror- en verso. Sobre Regen diría que me gusta en persona además de su escritura. De los actuales, calculo que me falta conocer a mucha gente. Sólo he leído a mis amigos y me gusta mucho como escriben aunque cierta influencia Buwoskiana me aburre un poco.
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malo? (por qué)
No conozco tanto como para hacer un juicio de valor semejante. De todas maneras te paso mi teléfono y te lo digo en privado.
¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
Nunca escribí mi primer libro. Lo que me recuerda la historia que cuenta el autor francés sobre un tal Joubert del que dice el autor francés: Nunca escribió un libro. Sólo se preparó a escribir uno, buscando decididamente las condiciones justas que le permitieran escribirlo. Luego olvidó también ese propósito. Siempre me gustó esa anécdota. O aquella otra sobre Pierce que me contó una amiga. Parece que Pierce trabajaba de guardaparques y escribía notas que tiraba a la basura. Alguien las levantaba y las guardaba y así fue como Pierce es Pierce y el signo es de naturaleza tríadica.
¿Alguna vez pensaste en no ser escritora? De no ser escritora, qué te gustaría ser
No soy escritora y siempre quise ser cantante de ópera.
¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
Si lo supiera escribiría una.
Tu top ten de escritores.
No quisiera ponerlos en posiciones descendentes. Sólo nombraré diez sin saber cuál va primero y cuál después: Chejov, Dostoievsky, Sergio Bizzio, Melville, Boris Vian, Pessoa, Mishima, Bataille, Foster Wallace, Sarmiento.
sábado, 7 de abril de 2012
JUAN PAS: MÁS KAMIKAZE QUE NUNCA

Escribo obsesionado con la oportunidad que brinda la escritura de convertirme en un espectro. También porque la literatura nos abre la posibilidad de hacer lugar allí donde uno no cabe.
¿La de quemar libros?, Kafka, aunque fue una influencia profética, porque a esa edad todavía no lo había leído (y a esta tampoco). La de leer literatura, Borges, para qué vamos a mentir. La de escribir, Daniel Defoe.
¿Qué libros o autores te influenciaron?
Platero y yo seguro que no. Robinson Crusoe, Espectros de Marx, en los últimos tiempos Pedro Juan Gutiérrez, Dublineses, Raúl Dorra, Mario Bellatín, Mario Levrero (sobre todo el de la Trilogía involuntaria).
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten? (por qué)
Me gustan mucho Néstor Groppa (difunto cordobes ajujeñado porque trama poemas repletos de detalles urbanos con una cadencia bucólica parecida a la de Juanele Ortiz –uno de mis poetas favoritos); Jacobo Regen, excepto cuando se vuelve elegíaco; Manuel J. Castilla (también debo decir que porque me recuerda a Juanele); Walter Adet (porque fue el primer salteño que leí – de hecho me hizo creer que todos los salteños escribían así de bien, nada más alejado de la realidad- y también porque me hizo conocer a César Vallejo); Jesús “el negro pelo” Ferreira (porque construye una ciudad llena de gente desbandada); Rodrigo España (porque es capaz de revelar una sensibilidad desopilante con la cual me identifico no solo como lector); Federico Leguizamón (quien, a diferencia de Meliza Ortiz, ha buscado cierta renovación aberrante de la literatura “joven” de nuestros pagos que no se identifica con estereotipos aburguesados y conformistas).
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malos? (por qué)
Eduardo Robino (porque escribe unas historias aburridísimas que casi siempre terminan en pseudo epifanías nada complicadas); Carlos Müller (porque escribe poemas “contestatarios” pero los publica en la Secretaría de Cultura); Santiago Sylvester (porque tiene un estilo demasiado árido o, como bien diría Salvador Marinaro, “cerebral”, como maquinarias sin lubricación del cual Reloj biológico es un ejemplo); Juan Manuel Díaz (porque se nota que no le interesa decir nada); después no sé puntualizar nombres pero hay muchos que me aburren a más no poder, no sé si por eso serán malos per se: Juan Víctor Soto, el último libro de Carlos H. Aparicio, Ácido de Acebo, la obra completa de Rubens Agüero. Creo que el peor delito de las letras salteñas es precisamente ser demasiado salteñas: solemnes, respetuosas del status quo.
¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
Me llevó un par de meses, era de poemas y jamás nadie lo leyó, se llamaba algo así como El fuego imperdonable (quizá un recuerdo de la autobiogrfía), tenía como 200 textos horripilantes apilados en el dorso de votos de López Murphy (mi viejo creía que ese esperpento podía ser presidente, yo nada que ver, solo recibí el papel como una oportunidad de escrachar mis palabras).
¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? De no ser escritor qué te gustaría ser?
De hecho nunca pensé no ser escritor, en mi barrio decían que porque era muy vago. El problema es que no estoy seguro de si actualmente lo soy, pero si lo fuera y no quisiera entonces me gustaría ser aviador (pero no de los que fumigan campos ni de los que transportan pasajeros ni de los que van a la guerra sino de los que recorren distancias que desconocen) o nadador de crawl en aguas abiertas o indigente en Nueva York (como Néstor Sánchez, no el orejón de canal 11 sino el autor de Siberia Blues) o también me gustaría ser un tipo con una enfermedad rarísima cuyo apellido, igualmente rarísimo, sirva para nombrarla (para este caso me gustaría contar con un pequeño bonus: ser un astrofísico genial, tener fama, dinero y un cerebro privilegiado, ser puro cerebro además de padecer de un fanatismo asombroso por la masturbación y usar unos bigotes de actor porno de los 70).
¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
En la actualidad me gustan las historias contadas sin demasiada experimentación formal, en vez de esas en donde el lector debe descubrir a cada rato qué carajo quiso contar el narrador. Tampoco me gustan las moralejas explícitas, las bajadas de línea pseudo revolucionarias, las explicaciones metaficcionales como si uno fuera un tonto. Yo quiero que me cuenten una historia pero que me dejen tranquilo a la hora de hacer mis propias interpretaciones. También creo que los diálogos son una cuestión clave y que muchas veces no suenan verosímiles, eso me genera deseos de tirar el libro por la ventana y que se lo coma mi perro Tilingo.
De Alba latex.
sábado, 31 de marzo de 2012
Lucía de Salterain: “Nunca pensé en no escribir porque es algo que sale de mí naturalmente”

¿Por qué escribís?
¿Cuándo empezaste a escribir?
¿Qué autores despertaron esta vocación?
¿Qué libros o autores te influenciaron?
¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te guste? (por qué)¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que le parezca abiertamente malo? (por qué)
Aprecio mucho el trabajo de Juan Carlos Dávalos, pero para serte sincera debería leer mas de autores locales y de la zona como para emitir una opinión objetiva, tanto para decir que me gusta como para considerarlo malo.
¿ Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
Me llevó tanto tiempo escribir mi primer libro, que todavía no lo terminé. Por ahora solo tengo cuentos cortos y poemas.
¿Alguna vez pensaste en no ser escritora? ¿De no ser escritora qué te gustaría ser?
¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
Tu top ten de escritores.
Es muy difícil posicionar a estos grandes, creo que están casi todos en el puesto uno jajaja.
1-Julio Cortázar. 2-Edgar Allan Poe. 3-Ray Bradbury. 4-Alejandro Dolina. 5-Ernesto Sábato.
6-García Lorca. 7-Amado Nervo 8-Mario Benedetti 9-Pablo Neruda 10-Oliverio Girondo
Cuando miles de miles de años en el futuro, el sol, después de ser supernova, apagó sus destellos y sus estertores cesaron, fue una enana negra muerta. La luna se quedó sin su fogoso y apasionado amante que la cortejaba por las noches desde su cara oculta.
Ella ya no era el dichoso espejo del dador de vida, ahora solo una satélite solitario y opaca.La tristeza era pura y profunda como sus cráteres.
Su llanto se desprendió; el suave y casi imperceptible polvo plateado cayó tamizado sobre la tierra.
Un tiempo tardó en extinguirse la luz en el planeta, tal así como cuando las estrellas se apagan, y para nuestros ojos, el inalcanzable lucero sigue allí, titilando.
El espectáculo fue alucinante, ver como la luz cada vez más tenue, terminaba por convertirse en una oscuridad casi absoluta pero asombrosamente bella; ocultaba toda la escoria del planeta, para ese entonces prácticamente en ruinas...
viernes, 23 de marzo de 2012
Alejandro Daniel Chiri: “No me pienso como un escritor”

Esta debía ser la segunda entrevista en la que que El Intransigente presentara a uno de los jóvenes narradores salteños (sub-35). Por algún motivo la nota no salió en la edición de este viernes, esperemos que sí salga el próximo. De todos modos, como avant premiere para los lectores de opadromo, el texto tal cual fue enviado.
Alejandro Daniel Chiri nació en Salta en el año 1987, estudia Letras, ha publicado un libro de cuentos llamado “El hombre flaco” y desde hace cuatro años edita la revista literaria “Sonámbula”.
- ¿Por qué escribís?
-Creo no tener una respuesta concreta para esa pregunta, uno escribe porque vive en un mundo hecho de palabras.
-¿Cuándo empezaste a escribir?
- Mis primeros roces con la escritura se dieron a los veinte años aproximadamente, claro que un principio eran escritos sin ninguna intención de ser publicados, algunas poesías y pequeños cuentos que quedaron olvidados en algún cuaderno.
-¿Qué libros o autores te influenciaron?
-“Moriré en otoño” de Lubrano Zas, es un libro que releo cada tanto, aunque claro, no sé bien de manera esto haya modificado mi escritura.
-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten?
- Por supuesto, hay en nuestra provincia muy buenos escritores. Jacobo Régen es a mi parecer el escritor más sobresaliente de las últimas décadas, claro, que por suerte van apareciendo voces nuevas muy interesantes como es el caso de Alejandro Luna entre otros…
-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malos?
- No sé, si la palabra malo es la adecuada, pero en este último tiempo he intentado leer algo de la vasta obra de (José) Agüero Molina, y no llegue a responderme como es que ha llegado a ganar tantos premios. Y no, no lo digo tratando de ser cruel, ni nada parecido. Pero, su escritura a mi entender no representa una madurez conceptual, ni estética que tanto se pregona por ahí…
-¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
- Podría decir que sí, pero el caso es que mi primer libro, es también el último, entonces no sabría decir cuanto tiempo considero necesario para publicar un libro. Lo que sí puedo agregar es que el tiempo de edición fue más largo que el de escritura, pero esto quizás se deba a que es un libro auto-editado.
-¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? ¿De no ser escritor que te gustaría ser?
- No me pienso como un escritor.
-¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
- Una obra de ficción es siempre futuro. Genera sus propias condiciones de posibilidad. Incluso, cuando uno escribe una obra siguiendo ciertos parámetros, fijando una forma, la resistencia que ofrece la lengua introduce la suficiente cantidad de azar como para que los resultados sean imprevisibles.Entonces, creo, es impensable buscarle una formula de éxito.
viernes, 16 de marzo de 2012
Salvador Marinaro: “Ser escritor exige ser otra cosa al mismo tiempo”
Esta es la primera de una serie de entrevistas a jóvenes narradores salteños (sub-35). Algunos han publicado sus libros, otros mantienen una producción intensa en blogs o revistas literarias.
Salvador Marinaro nació en Salta en 1988. Obtuvo el primer premio para poetas inétidos de la Secretaria de Cultura de Salta por su libro Sinfonía de Mareados y el primer premio en el género cuento por Sueños del mono evolucionado, ambos en 2010. Recibió el primer premio de cuento corto y la mención en ensayo del Primer Premio Nacional Azucena Villaflor, llevado a cabo por la Secretaria de Cultura de la Nación y las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. A su vez, coguionó la serie televisiva “Ese que va silbando”, preseleccionada por el régimen de fomento federal para la Televisión Digital del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. Ha cursado la Licenciatura en Periodismo de la Universidad del Salvador. Actualmente, trabaja y reside en Buenos Aires
-¿Por qué escribís?
-Creo que uno siempre empieza a escribir por alguna carencia, algo que te pone realmente incómodo y la única manera de librarte de ello es escribiendo. De allí que la literatura sea una forma de estar en el mundo, más que de expresión. A mí, determinadas situaciones familiares (incluso de terceros desconocidos) me movilizaban en extremo, me sensibilizaban. Empecé a escribir por eso. Y después le agarré gustito. Vi en la literatura algo genial: la apertura mundos interesantísimos y sobre todo, la complejidad de este mundo. Hoy escribo por ese motivo subyacente: me ayuda a percibir mejor y entrar en la realidad, renovado.
-¿Cuándo empezaste a escribir?
-De adolescente, creo que tenía doce o trece años y le había perdido el respeto a todo. Creo que eso es lo primero para empezar a escribir, perderle el respeto a la literatura (y a tus viejos).
-¿Qué autores despertaron esta vocación?
-Un autor que me sacó de las casillas y me instaló en un lugar desconocido fue Kafka. Al día de hoy, he leído su obra completa y un par de veces El Proceso. Creo que uno congenia con pocos autores y sobre todo, entra en la misma sintonía. Para mí, uno de ellos fue Kafka (curiosamente, se trata de un autor que generó un adjetivo que habla de la complejidad, lo kafkiano). Algunos de sus textos me enseñaron profundas lecciones de escritura y en su diario puedo ver la génesis completa de una idea a un texto literario.
-¿Qué libros o autores te influenciaron?
-Como dije antes, El Proceso de Kafka, algunos cuentos de Abelardo Castillo (sobre todo los del libro Las maquinarias de la noche), Dino Buzzati (el cuento La gota es uno de los más memorables que he leído), y en un segundo momento, me influenciaron mucho los narradores norteamericanos, en especial Sallinger y Cheever.
-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que les guste?
-Teresa Leonardi por su integridad ideológica y su erudición. Leonardi nos ha dado una enorme mano a varios escritores jóvenes, pasándonos libros, textos y sobre todo, demostrando con sus poemas lo cerca que puede estar la literatura de la búsqueda de un mundo mejor. También he leído con interés a Santiago Sylvester, un autor cerebral, si es que existe esa diferencia entre la poesía de la mente y la poesía de la imagen. Sylvester es uno de los pioneros en introducir en el norte una corriente que proviene del mundo anglosajón, en especial T. S. Elliot, utilizando un lenguaje llano y significativo al mismo tiempo. También hay que mencionar que si bien el autor es reconocido por sus poemas ha publicado un libro de cuentos (La prima carnal, publicado por Anagrama) que es altamente recomendable. Por otro lado, hay un autor wichí que viene haciendo un trabajo increíble y necesario, se trata de Laureano Segovia, que recupera la memoria colectiva de su pueblo. He leído dos de sus recopilaciones y me han impresionado mucho. Por trabajos como el suyo, la literatura cobra un significado pleno. He procurado restringirme a los autores salteños, pero si ampliamos a todo el norte, debo decir que Jujuy tiene grandes autores, como Calvetti, Groppa y Héctor Tizón.
-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que le parezca abiertamente malo?
-No me siento muy capacitado para responder esa pregunta. En primer lugar porque no he leído la totalidad de los autores del noroeste argentina y menos aún, la totalidad de sus obras, lo que exigiría para realizar esa clase de valoraciones. Y en segundo lugar, no creo que haya autores de los que no se pueda rescatar ni siquiera una línea. La diferencia es que en algunos escritores he encontrado un mundo personalísimo. Así es la literatura, muy subjetiva tanto desde el punto de vista del lector, como del escritor (una línea divisoria que no es tan estricta en la realidad).
- ¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?
- Relativamente poco tiempo. Creo que en dos años ya estaba terminado, corregido y casi listo para imprimir. Con mi segundo libro es distinto, uno se siente precavido, quizás vigilado por los errores que cometió con el primero. He tirado manuscritos, vuelto a empezar con textos completamente cerrados y dudado mil veces sobre cuestiones mínimas de escritura. Creo que el primer libro produce un impasse, quizás una especie de parálisis, de la cual se sale consolidado, con otra fuerza para la escritura. Creo que cuando lo publique llegará otra etapa en mi creación.
-¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? ¿De no ser escritor, qué te gustaría ser?
-Todos los días. Sobre todo porque ser escritor exige ser otra cosa al mismo tiempo, o tener una madre muy generosa. De todas maneras, si tuviera que poner toda la energía de mi vida (porque la literatura lo solicita y de verdad vale la pena) en otra cosa, creo que elegiría ser físico. No culturista, por supuesto. La física ha llegado a un punto de conocimiento que me provoca envidia. El movimiento de las partículas infinitesimales me parece algo encantador, pero impenetrable. Me gustaría tener las habilidades necesarias para entenderlo. Eso, ser físico. O por su puesto, astronauta o bombero.
-¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?
- Que se despliegue a través del lenguaje un mundo original e intenso. Creo que de verdad, una obra que no tiene intensidad puede llegar a ser muy buena, pero no tendrá mi atención. Y aquellas obras que se enfocan en los mundos ya construidos, o retratados hasta el hartazgo, sólo redundan en un edificio conceptual, que puede haber ganado prestigio, pero nunca gracias a la obra que viene a incorporarse. Es una de las trampas en las que suelen caer algunos escritores. Por eso, las grandes obras sólo pueden provenir de la única fuente que tiene un escritor, la experiencia personal.
-Tu top ten de escritores.
No logro llegar a un acuerdo conmigo mismo, así que los diré en cualquier orden y me tomo el atrevimiento de mencionar las obras que más me impactaron: Kafka (El Proceso), Sallinger (9 cuentos), Cheever (Relatos), Buzzati (60 relatos), Maupassant (Los cuentos del final de su vida, sobre todo El Horla), Flaubert (me apasiona una novela histórica, Salambó , Abelardo Castillo (sus Cuentos Completos son una joyita), Camus (El extranjero y Calígula), Juan Rulfo (sobre todo los cuentos del Llano en Llamas) y Sartre (la trilogía Los Caminos de la libertad). Hay que aumentarlo a Borges a la lista, pero creo que ya es un lugar por el cual todos debemos transitar por la condena de ser compatriotas, diré que es casi una necesidad y lo doy por sentado.
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ASÍ ESCRIBE
Fragmento del cuento “La Marilyn”
Buscó un pequeño pomo detrás del espejo del baño, lo apretó, puso tres gotas en su cara y las esparció; un poco de color a las mejillas y se pintó los ojos con una sombra blanca y un toque de celeste. Se puso rímel pronunciando la curva de sus pestañas y mucho rojo en los labios. Miró su perfil en el espejo, diciendo qué bien merecido tenía su apodo: La Marilyn. Repitió qué hermosa, hermosa y tuvo una pequeña erección. Sonrió y siguió maquillándose.
La Marilyn buscó la bombacha, el corpiño con flecos y un saco, se vistió y empezó a repetir los pasitos que haría en el desfile. Se tapó y fue directo a la puerta. Afuera algunas de sus conocidas del ambiente hablaban fuerte y se reían, también esperaban a sus comparsas. Miró de reojo, cuando escuchó que alguien gritaba “ahí va Doña Lebón, la esposa marica de Segundo”. La Marilyn ni se dio vuelta, celosas pensó.
miércoles, 7 de marzo de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
Nueva Narrativa Salteña: Dallacaminá y sus mentiras

Alejandro Kozarts (*)
Supongo que todo escritor es, en el fondo, un fetichista de las palabras. Las letras se juntan, las palabras se arman y se desarman, como un juego, mucho más importante en sí, que la historia para la que son utilizadas. Las palabras como un fin y no como un medio. Esto se percibe, de a momentos, en el autor que trataremos de analizar en esta reseña: Alejandro Dallacaminá. Algunos datos contextuales: nacido en Orán, el 19 de febrero de 1983, es el autor del libro “Yoes y mentiras”, que ganó el concurso provincial de cuento en 2004. Además publica relatos, con cierta asiduidad, en su blog (manchasdeltigre.blogspot.com), aunque por una cuestión de espacio en esta reseña sólo se comentará el libro.
El título obedece al desdoblamiento del narrador o por lo menos a la convivencia de más de una personalidad: hay más de un “yo”. El mismo autor en el prólogo del libro, titulado “A ambos lados de Dios”, habla así de esa situación esquizofrénica: “Sería arrogante justificar cada coma donde está, cada punto que ocupa un lugar. Porque en cada relato que he pensado sanamente para este libro, se ha colado de manera totalmente involuntaria mi enfermo inconsciente, mi atolondrado espíritu que quería poner él también su nombre en la carátula… las locuras morbosas, los excesos evidentes, las palabras sin sentido, no las he elegido yo… No voy a afirmar la veracidad de mis palabras ni la falsedad de mis mentiras”. Sí, alguien habrá notado ya el fantasma de Borges sobrevolando esta declaración, y su influencia también se percibe en otros aspectos del libro: el regodeo en su prosa, la ironía fina, algunas formas en que enumera (Ej.: Él luchó en la guerra santa, se casó con una geisha llamada Yeromé, estuvo preso por una estafa que no cometió, sembró algunas flores en el fondo del mar. Ella se casó con un negro marroquí, anheló la paz mundial, sus tres hijos son Melchor, Gaspar y Baltasar, juntó flores del fondo del mar”.); aunque Dallacaminá está, afortunadamente, lejos de ser un escritor borgeano.
No hay ninguna pretensión de realismo. Y con esta afirmación no me refiero a la elección temática (porque de última se podría separar el corpus entre cuentos realistas y fantásticos); sino al hecho de que el lector no puede sumergirse totalmente en una historia porque siempre hay huellas visibles de que se está contando una historia. Por ejemplo, en “Hombre bueno”, Dallacaminá cuanta la historia de un hombre que es demasiado bueno (ésa es su virtud, su defecto y su destino...”, dice el narrador) y este personaje se enfrenta a la situación de tener que hacer cola en un cajero y, va cediendo su lugar a los que llegan, de manera que el tiempo pasa, años a decir verdad, y el hombre sigue sin poder entrar a sacar plata. En un momento, la voz del narrador irrumpe: “Todo muy emotivo pero…, ¿cómo termina esta historia? Hay dos posibilidades posibles…”
Este fragmento es una muestra, asimismo, de otra vertiente lúdica dentro de la obra dallacaminiana: el relato-performance; el escrito que obliga al lector a sumergirse en el libro y participar de manera activa en esos juegos. Un ejemplo: el texto “Para escribir una historia” está en segunda persona, son instrucciones para los aspirantes a escribidores sobre cómo lidiar con sus personajes: “…sígalo de cerca, siempre de cerca. Si se duerme, despiértelo; si se ríe, cállelo; si se baña, córtele el agua…”. La idea del libro como performance está, también, en la contratapa del libro y en la nota final de la página 91; allí el lector se topa con esto: “Al leer el libro por segunda vez, y sólo por segunda vez, aparecerá entre las páginas cuarenta y cuarenta y uno un texto desconocido que no me pertenece. El texto se encontrará en un único ejemplar de esta edición cuando el lector lea por segunda vez el libro. Y después, aparecerá para siempre…”.
El humor y la total falta de solemnidad, son algunas de las grandes virtudes de este libro.
(*) Publicado por El Intransigente, el viernes 27 de Enero de 2012
martes, 17 de enero de 2012
Nueva narrativa salteña: LA OTRA CARA DE LUNA

Hasta los 80’, las historias se anclaban en el ámbito rural; fue en esa década que Carlos Hugo Aparicio permitió descubrir a los lectores que los barrios capitalinos también podían ser escenarios para buenos cuentos (si bien su novela y varias de sus historias jamás abandonaron la puna). Y han pasado casi 30 años para que la musa espacial presente una nueva mutación: la ciudad, que si bien está lejos de ser una gran metrópolis, se diferencia del barrio apariciano por su neurosis, por sus nuevos ritmos, por la visibilidad de una composición social más heterogénea y, sobre todo, por su violencia.
No es que se hayan dejado de escribir cuentos con esos parsimoniosos locus amoenus, ni con esas siestas y conversaciones lacónicas de barrio; pero si hay algo de nuevo en la nueva narrativa salteña es el cambio de paisaje, la imposición de una ciudad desquiciada.
Y es justamente en “El libro de las humillaciones Varias”, publicado por Editorial Intravenosa (Jujuy) en 2011, donde se percibe esta transición pues en sus páginas conviven el pueblo, el barrio y la ciudad.
El título sintetiza el espíritu de los cuentos de Alejandro Luna: no es que el autor no quiera a sus personajes; pero sabe que un buen escritor debe apartarse, debe dejar que sus personajes anden solos y se enfrenten, con esa desnudez, ante los infortunios del destino. Todos sus personajes están condenados al desasosiego, a desear y a tratar de con seguir algo que nunca obtendrán y a sufrir durante ese intento.
Una comparación: en un cuento de Aparicio, a una familia le hurtan, una a una, de manera imperceptible y sutil, las ruedas del auto; en un cuento de Luna una parejita está discutiendo en la parada de colectivos cuando se les acerca grupo de mocosos drogados para robarles, el chico se resiste, y lo matan a golpes. “Cayó al suelo y comenzaron las patadas por todo su cuerpo que no quería más que amar y que lo amen. Ella comenzó a correr. El Gabo ya no se cubría de los golpes…”, dice el narrador: la violencia es tangible y es, junto a la desolación, uno de los ejes del libro.
Salvo dos, todos los cuentos son realistas, a tal punto que a veces Luna pone como epígrafe inicial de los cuentos fragmentos de noticias de diarios, epígrafes que pueden servir como efecto de realidad, o como una forma, por parte del autor, de reconocer que esas noticias fueron las disparadores de los cuentos (de cualquier manera, esos epígrafes entorpecen la lectura, pues adelantan el desenlace de la trama y porque los sucesos de los diarios son demasiado comunes como para que Luna se sienta en la obligación de citarlos como fuentes).
Una de las excepciones a ese realismo es “El Pollo”, que es, también, el mejor cuento del libro. Luna vuelve al ambiente de pueblo (que nunca termina de abandonar, algo que se percibe en cómo hablan muchos de los personajes), se apoya en el fantástico, y nos brinda un relato tierno y, al mismo tiempo, cargado de una crueldad infantil (que es la más refinada de las crueldades y en la que además Luna parece experto): “Cuando recién conocieron a Miguel se le acercaban para hablar con él, pero en poco tiempo su condescendencia lo convirtió en un chico poco creíble. Lo que se debía también a que Miguel era excesivamente bueno en una edad en que ser bueno no es lo mejor para la convivencia. Todo lo que tenía lo daba, a todo asentía y por ello sufría las peores burlas…”
El Libro de las humillaciones varias es un libro extraño. Pululan, en esas páginas, personajes heridos, llenos de cicatrices abiertas. Y Luna conoce esas cicatrices y sobre ellas construye su literatura.
sábado, 7 de enero de 2012
Nueva Narrativa Salteña: Un tal Cecilio Pastrani
¿Hay una nueva narrativa salteña? Difícil saberlo. Hay, sí, muchos jóvenes escribiendo, la mayoría sin espacio para mostrar sus producciones. Ahora, si hay algo de nuevo o de salteño en esos escritos es algo que está aún por verse.
Hablemos del libro de cuentos “Doppelgänger”, de Cecilio Pastrani, que antes de llegar, la semana pasada, a la vidriera de una librería de calle Caseros, circuló en 2010 entre un pequeño grupo de amigos del autor. Sobre Pastrani hace falta saber algunas cosas: estudió Letras en la UNSa., no soportó la carrera y, cual detective salvaje, se fue a probar suerte a España. Desde entonces anda dando vueltas por alguna parte de Europa. Estos datos biográficos se perciben en su prosa, tan deudora de las lecturas (Bolaño, Cortázar, acaso Raymond Carver), como del castellano que escucha a diario: los narradores de Pastrani no tienen esa vocecita de color local provinciano –que dicho sea de paso en Salta sólo le sale bien a Carlos Hugo Aparicio-, sino que hablan como en España: “Fue duro, mas en ningún momento sucumbí a la tentación…”; o “voy a por ella” o “Nunca vi nadie que blufeara como él lo hacía.” Alguien podría señalar, de igual manera, la cantidad de palabras y frases del inglés que irrumpen en la prosa y ni hablar de los títulos en alemán.
No estoy diciendo que esto sea un defecto o una virtud: digo que es raro (aunque para mí lo raro suele ser bueno), en todo caso es un síntoma, que da cuenta de una fuerte necesidad, en el autor, de cortar sus raíces, de distanciarse de la provincia en la que vivió hasta los 20 años, más allá de algunos elementos decorativos de esa salteñidad (como el mate). El título del libro, en este sentido, ya nos brinda algunas pistas de esta sensación, porque “Doppelgänger” significa en alemán “doble fantasmagórico”, habla del doble de una persona, generalmente malvado.
Hay varios cuentos de este libro que valen la pena de ser leídos; pero hay uno especial, titulado “alptraum”, que es imperdible: si bien la trama puede remitir a Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut), de Stanley Kubrick, el clima es totalmente davidlyncheano (no por nada “alptraum” significa “pesadilla” en alemán) y el narrador sumerge al lector en ese mundo totalmente carente de sentido y profuso en humor. Sinteticemos la trama: un hombre empieza a contar que cierta noche terminó en una exclusiva fiesta swinger, que en la habitación de ese hotel todo estaba a oscuras, que de todos modos el personaje podía ver que todos tenían máscaras, menos él y que había en el centro de la habitación un círculo de luz. “Ni siquiera tenía pareja, aunque sentada a mi lado había una mujer gorda y negra (aunque no sé si era negra o sólo la veía negra por la oscuridad reinante) que parecía excitada, que respiraba ruidosamente y se movía al compás de alguna música que solo ella podría oír, un ritmo lento y espeluznante que se me ocurría era una bossa nova sideral o, aún más lejana, una bossa nova plutónica”, dice el narrador. El cuento es delirante y tiene un “cameo” especial para los lectores de narrativa norteamericana.
Al finalizar el libro uno puede llegar a pensar que el término “doppelgänger” no alcanza a contener a todas esas voces narrativas, tan disímiles entre sí, que trasuntan el libro; que no hay un gemelo malvado de Cecilio Pastrani, sino varios Cecilios Pastranis ( eso sí, todos malvados.)
Quizá este libro sintetiza la preocupación de algunos jóvenes escritores salteños: la necesidad de suprimir el pasado, no tanto para decir “la literatura empieza con nosotros” y reconstruir ignorando las ruinas; sino porque los que escriben están escindidos de manera espacial y temporal con la provincia: no hay nada en ese pasado, no hay nada en esta Salta a lo que se sienten unidos. Y esto no sólo le pasa a Pastrani, que está en Europa, sino a muchos salteños que nunca pudieron dejar este valle.
(*) Publicado por El Intransigente, viernes 6 de Enero de 2012
miércoles, 7 de diciembre de 2011
La muerte y la muerte de Mela

María de los Ángeles Rojas (*)
“Este brazo, aunque sea tan real, es de madera, porque nací muerta y me tironearon para que saliera y así se quedó adentro”, me confió gravemente. Ni siquiera parpadee. “¿Dentro de dónde?”, hubiese querido indagar mientras tocaba ese miembro tan gemelo del otro.
Pronto Mela cayó en cuenta de que era yo un público muy agradecido y decidió introducirme en los terrores nocturnos. “Cuando tuve el accidente y me quedé sin cuero cabelludo, fuimos todos al cementerio a buscar uno para trasplantarme. ¿Sabías que a los muertos las uñas y los pelos les crecen y perforan los cajones?”. Aferrada a mi gato Ulises, temía moverme un ápice. “Ah, también vi el cadáver de un gato cuyo ojo aún parpadeaba...”.
Mi mamá empezó a notar que algo no iba bien, cuando su impertérrita hija menor no quiso ir sola al baño por la noche. “¡Esas son macanas!”, gruñó impaciente al escuchar las “historias de Mela”. Pero nunca la regañó; es más, siguió cortándole la milanesa, “no sé usar el cuchillo, señora”, algo que no hacía ni por sus vástagos.
Nos distanciamos a los 11, cuando las niñas de mi época teníamos la gracia de dividirnos en sectores irreconciliables: cara lavada vs. maquillaje, guillerminas vs. chatitas, barbies vs. chico lindo que me gusta.
En la secundaria, solo nos cruzábamos en el colectivo. Yo crecía rozagante. Mela, flaquísima, las encías transparentes y el genio de la vida emigrado de su cuerpo. Por años solo supe de ella por un amigo de un amigo: “Está embarazada, se casó, tuvo un hijo”.
Hace poco, la crucé en la peatonal. Forcé el saludo: “¡Diamela!”. Contestó con una sonrisa ensayada, social, y ahí supe que esta vez, de veras, Mela había muerto.
(*) Publicado por el diario El Tribuno de Salta.
sábado, 19 de noviembre de 2011
Redacción: tema mi pelo

Una vez en el colegio, la maestra nos dio una consigna: “Escriban sobre el último viaje que hicieron”. Pero añadió, angostando sus ojos de cíngara: “Todas menos Rojas. Rojas, redacción: tema mi pelo”.
Lloré la tarde entera. Mi orgullo de abanderada era vencido por mi falta de abstracción cuando mi papá se acercó y me contó: “Cuando tenía tu edad, naufragaba en mis tardes de hijo único y me decía: ‘Cuando me case, voy a tener cuatro hijas de pelo largo y ellas serán mis hermanas’”. Habrá sido su abrazo, habrá sido el horror del posible cero.
Sé que mi escrito era una torpe mezcla de cuestiones domésticas: “Lloro en el peluquero, me lo lavo con ayuda de mi mamá”, pero terminaba: “Tengo el pelo largo y lo usaré siempre así, porque así me soñó mi papá antes de conocerme”. Días después, la maestra me pasó la hoja con mi diez felicitado, me tomó la mano izquierda y, en un reflejo ancestral, me volvió la palma hacia arriba. “Rojas, usted será escritora, que no se le olvide”, susurró. Pronto la transfiguración pasó y volvió a ser la de siempre.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Crónicas milagrosas

Mientras medio millón de personas asistían a una nueva procesión del Milagro, salteños de todas las edades explicaban por qué no estaban presentes en la celebración católica por excelencia del norte argentino.
por Federico Anzardi (escrito para cuartopodersalta.com.ar)
Está de pie en la vereda, apoyada sobre un poste de luz que no ilumina, porque es de día y el sol todavía labura y fuerte; pero sí hace las veces de improvisada parada de bondi. Está en Zuviría, pasando Ameghino, a dos cuadras de la zona de la Balcarce. Se está comiendo una manzana acaramelada. Esa acción, ese gusto de la infancia que perdura, junto a los aparatos que aprietan sus dientes y su contextura física pequeña, hacen que parezca de catorce años. Hasta que habla. “No comparto la ideología de la Iglesia Católica”, responde formal, después de haber escuchado la pregunta clave de la tarde: “¿Por qué no estás en la procesión?”. Su voz y su forma de hablar remiten a una pequeña Tana Ferro de 19 años (su verdadera edad) en contra del dogma católico y que está ansiosa por irse a La Caldera en lugar de agitar uno de los miles de pañuelos blancos que se sacudieron en la tarde del 15 de septiembre.
La Tanita es sólo una de las tantas que estaban haciendo su vida mientras medio millón de personas le perseguía el rastro a dos imágenes religiosas, confirmando la tendencia retro de nuestra provincia. Ese conservadurismo que se encuentra ni siquiera a la vuelta de la esquina, porque existe en la puerta de al lado, o en la propia casa. Que aparece en todas las edades y estratos sociales. Que se manifiesta en la señora que aferra su cartera y suda su maquillaje entre tanto feligrés que se toma a pecho la festividad. También en el adolescente rollinga que baila con el rocanrol de Perro Ciego y que apura la birra todos los fines de semana. Como Leonel, de 17 años, que está sentado junto a Gabriel, de catorce (ahora sí), en un umbral de la desierta y casi desconocida zona de la Balca a las cinco de la tarde. “Yo no voy porque ya fui a misa. No es que no me interesa, ya fui a misa dos días”, asegura Leonel, y agrega que cree “en dios” y que rezó la Novena con su tío.
Lo último que se podría pensar después de ver su apariencia (remera con la lengua stone, muñequera de Perro Ciego, flequillo rollinga reglamentario y un poco pasado de moda a esta altura) es que Leonel defiende a la religión que le tocó, por la clara influencia que la cultura rock (gracias, Indio) ha tenido sobre él. Pero no. Se abraza a La Biblia, quizás siendo esclavo de la supuesta educación laica que imparte clases de Catequesis en las escuelas públicas con el mismo fervor que rechaza cartillas de educación sexual. Tal vez cumple a rajatabla el manual del fanático de rock conservador que no terminó de entender la cosa y cree que lo mejor es “no cambiar nunca” y no estar abierto a nuevas propuestas, que siempre dan miedo, por su incertidumbre. A Gabriel también se le nota ese miedo a contrariar el dictamen de los maestros, los padres, los abuelos y los tíos. Afirma que es católico y que está bien rezar y que dios está en todos lados, pero que no va a la procesión porque no le gusta estar rodeado de gente.
Algo parecido piensa Edmundo Lamas, de 63 años; histórico mozo del Bar Madrid, sentado a una cuadra de los pibes, tomando algo en solitario. Revelado como un gran creyente (“Yo pienso que dios existe, ¿de dónde salimos nosotros si no?”), afirma que es respetuoso de la opinión de todo el mundo, que cada uno se maneja de acuerdo a su criterio, pero que no va a la procesión ni a la iglesia “Yo fui una sola vez a la procesión del Milagro, cuando tenía seis años -cuenta-. Entré a la Catedral, la única vez, y no volví más. Pero… yo soy católico, creo en dios, soy muy creyente. No voy porque en la escritura sagrada dice bien clarito: ‘Cuando ores entra a tu aposento y cierra la puerta. Si nadie te escucha, mi padre, que está en el cielo te escuchará’. Eso es lo que yo hago, yo leo mucho La Biblia, escribo poesía. Ya escribí tres libros. Y le pido a dios, pero entro a mi dormitorio”.
El mini relevamiento realizado durante el momento de la procesión arrojó resultados que son contundentes y que se palpan casi inmediatamente: el porcentaje de no creyentes aumenta mucho entre los jóvenes de 19 y 30 años. Los más viejos tienen una escuela de castración, pudor, temas tabú y religión muy fuerte. Los más chicos todavía están a merced de sus mayores. Pero los adultos tempranos son los que marcan que quizás dentro de algunas décadas, la celebración del Milagro no sea tan invasiva como lo es ahora.
“Yo no creo en nada. No creo en mí, mirá si voy a creer en los demás”, escupe Mariana, de 25 años, parada en el patio de comidas del shopping, mientras espera a su abuela, que durante la infancia intentó marcarle el camino. “Creo que hay un dios –continúa- y que cada uno cree en lo que necesita creer. No creo en las imágenes, en la Iglesia, en los curas o en el Papa. Cuando era chica iba mucho a misa, pero porque mis abuelos me llevaban, no porque yo elegía ir. Iba porque había chicos con los que jugaba, me divertía”. Mariana se escapa de la ciudad durante los días de la Novena, prefiere recluirse en su casa de zona sur. “Para mí es un bajón -dice-, no salgo al centro porque está lleno de gente, no hago cosas. O por ahí tenés miedo de que te afanen la cartera, te afanen el teléfono o que pase algo. Pero cada uno que haga lo que quiera”.
El que no se banca la Novena, el Milagro y cree que la Iglesia Católica se está yendo por las ramas es Matías, de 27 años, quien desde su casa en el barrio San Remo asegura que no participa de la procesión por su ateísmo y explica el por qué. “Soy ateo porque me resulta estúpido creer en seres con súper poderes, y si existieran sería estúpido dedicarle la vida a seres con súper poderes. La procesión es la muestra más evidente de la falta de razonamiento de las personas: un grupo de personas caminando mientras rezan en grupo explica por qué el mundo es tan deficiente, tan incoherente. La gente que va a la procesión es la misma gente que apoya las teorías de que los cambios climáticos o desastres naturales son culpa de la acumulación de pecados mundiales. La gente que participa de la procesión es la misma gente que dice que ser gay es estar enfermo. Lo digo, no porque lo inventé, si no porque lo escuché y no lo podía creer”, afirma.
Matías es uno de los que está en contra de la ordenanza 9945, que prohíbe “durante los días seis (6) al quince (15) de septiembre de cada año los bailes, espectáculos públicos en confiterías, café concert, pub y afines, en el sector limitado por las Calles Caseros, Belgrano, Deán Funes y Balcarce inclusive”; justificándose en que “durante los días de la novena concurren a la Catedral Basílica gran cantidad de peregrinos a quienes es menester respetar su fe y devoción”.
El problema surge cuando el respeto hacia la fe y la devoción de algunos se termina olvidando de los intereses de los otros. Gracias a la ordenanza, se debieron suspender o reprogramar varios espectáculos que se tenían que realizar en el Teatro Provincial, como el de Los Nocheros con Los Tekis del 10 de septiembre o el del Sexteto Mayor, el 7. “No me parece que se corte con parte de la cultura por algo de la Iglesia. Los Nocheros en el Teatro Provincial no perjudicaban en nada al Milagro. Son decisiones absurdas”, dice Mariana, quien contrasta con la opinión de Leonel y Gabriel, quienes creen que el tiempo de la Novena “es para ir a rezar, para estar con dios ¿Para qué ir a un recital?”.
“Me parece correcta esa decisión, se merecen respeto. Más allá de que la Iglesia tenga sus cosas, prohibirlo me parece correcto”, dice Edmundo quien, obviamente, no opina igual que Matías, para quien la ordenanza es “básicamente, enorgullecerse de ser el insulto a la inteligencia humana”. “Sólo un país mediocre obliga a someterse a las personas por cuestiones religiosas -explica-, porque la práctica de alguna creencia religiosa es personal e individual. Obligar al pueblo es un capricho de seres repulsivos, y ser tan mediocre como para aceptarlo sólo hace que todos los que no estamos de acuerdo nos retorzamos como gusanos discriminados como en la misma inquisición”.
“Me parece totalmente una falta de respeto que le hayan hecho eso al Sexteto Mayor”, dice apuradísima la Tanita, sin tiempo para seguir contestando porque el colectivo acaba de frenar ante su brazo estirado. Se disculpa y se sube, alejándos cada vez más de la fidelidad católica. Porque al Cristo de La Caldera no le hacen tanta prensa.

