sábado, 31 de marzo de 2012

Lucía de Salterain: “Nunca pensé en no escribir porque es algo que sale de mí naturalmente”





Lucía de Salterain nació en Salta en 1995. Está cursando la secundaria. De manera paralela, realiza estudios en la escuela de música. Nunca pisó un taller literario para saber escribir: aprendió de sus lecturas. No ha publicado ningún libro personal pero se publicaron dos libros en los que participa con poemas y cuentos; son los libros que recopilan las obras de los ganadores del Certamen Literario Nacional Gonzalo Delfino 2010 y 2011. Actualmente escribe, y muestra otras actividades artísticas en su blog http://www.almendra-lucia.blogspot.com/




¿Por qué escribís?



Escribo porque a través de la escritura siento que se pueden transmitir las cosas de una manera diferente, que es un medio de expresión con el que se puede llegar a lugares donde con otros no. Escribo porque es un cable a tierra y porque me hace feliz.

¿Cuándo empezaste a escribir?


Exactamente no sé cuándo o por qué comencé a escribir, pero sé que era chica, tendría unos seis o siete años y recibía estímulos de mi entorno, que me llevaron a desarrollar mi lado artístico, y entre uno de ellos la escritura.

¿Qué autores despertaron esta vocación?



Uno de los autores que recuerdo como de los primeros que me impactaron fue Edgar Allan Poe, pero nunca me centré específicamente en los autores, porque fueron obras aisladas ,de autores que para mi eran desconocidos, las que me despertaron la vocación, como por ejemplo el libro "El Perfume" de Patrick Süskind, entre otros.

¿Qué libros o autores te influenciaron?



Como dije anteriormente uno de ellos es "El Perfume" de Patrick Süskind, como autores en general Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Alejandro Dolina, Luis María Pescetti, "El Túnel" de Ernesto Sabato, entre otros.

¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te guste? (por qué)¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que le parezca abiertamente malo? (por qué)



Aprecio mucho el trabajo de Juan Carlos Dávalos, pero para serte sincera debería leer mas de autores locales y de la zona como para emitir una opinión objetiva, tanto para decir que me gusta como para considerarlo malo.

¿ Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?

Me llevó tanto tiempo escribir mi primer libro, que todavía no lo terminé. Por ahora solo tengo cuentos cortos y poemas.

¿Alguna vez pensaste en no ser escritora? ¿De no ser escritora qué te gustaría ser?



Nunca pensé en no escribir porque es algo que sale de mí naturalmente y no lo suprimiría porque me es muy placentero hacerlo, pero no es la única actividad que realizaría profesionalmente, sino que también pienso dedicarme a la música y las artes visuales.

¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?



En mi opinión, para que una obra de ficción funcione, no hay una receta ni requisitos que deba cumplir, sino cosas que uno encuentra al leerla, sin importar su género o autor. Pero pienso que es importante cierto grado de tención, que se la da la forma de escribir, que te producen esas ansias de seguir leyendo, pero no solo esta tensión del suspenso de un policial, sino esa, que incluso te la puede producir la cotidianeidad de un relato realista. También creo que es fundamental encontrar coincidencias y conexiones con las situaciones e ideas que plantea el autor, es decir, el poder sentirnos identificados y comprender realmente lo que leemos. Y por último creo que siempre al leer una obra tenemos grandes expectativas sobre su final, y pienso que es muy importante, ya que puede cerrar a la perfección y dejarte esa linda sensación que no te deja emitir palabra o te deja pensando por mucho tiempo, o bien arruinarlo todo.

Tu top ten de escritores.

Es muy difícil posicionar a estos grandes, creo que están casi todos en el puesto uno jajaja.
1-Julio Cortázar. 2-Edgar Allan Poe. 3-Ray Bradbury. 4-Alejandro Dolina. 5-Ernesto Sábato.
6-García Lorca. 7-Amado Nervo 8-Mario Benedetti 9-Pablo Neruda 10-Oliverio Girondo






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ASÍ ESCRIBE




Cuando miles de miles de años en el futuro, el sol, después de ser supernova, apagó sus destellos y sus estertores cesaron, fue una enana negra muerta. La luna se quedó sin su fogoso y apasionado amante que la cortejaba por las noches desde su cara oculta.
Ella ya no era el dichoso espejo del dador de vida, ahora solo una satélite solitario y opaca.La tristeza era pura y profunda como sus cráteres.
Su llanto se desprendió; el suave y casi imperceptible polvo plateado cayó tamizado sobre la tierra.
Un tiempo tardó en extinguirse la luz en el planeta, tal así como cuando las estrellas se apagan, y para nuestros ojos, el inalcanzable lucero sigue allí, titilando.
El espectáculo fue alucinante, ver como la luz cada vez más tenue, terminaba por convertirse en una oscuridad casi absoluta pero asombrosamente bella; ocultaba toda la escoria del planeta, para ese entonces prácticamente en ruinas...






Fragmento del cuento "El Planeta Blanco"

viernes, 23 de marzo de 2012

Alejandro Daniel Chiri: “No me pienso como un escritor”



Esta debía ser la segunda entrevista en la que que El Intransigente presentara a uno de los jóvenes narradores salteños (sub-35). Por algún motivo la nota no salió en la edición de este viernes, esperemos que sí salga el próximo. De todos modos, como avant premiere para los lectores de opadromo, el texto tal cual fue enviado.


Alejandro Daniel Chiri nació en Salta en el año 1987, estudia Letras, ha publicado un libro de cuentos llamado “El hombre flaco” y desde hace cuatro años edita la revista literaria “Sonámbula”.

- ¿Por qué escribís?

-Creo no tener una respuesta concreta para esa pregunta, uno escribe porque vive en un mundo hecho de palabras.

-¿Cuándo empezaste a escribir?

- Mis primeros roces con la escritura se dieron a los veinte años aproximadamente, claro que un principio eran escritos sin ninguna intención de ser publicados, algunas poesías y pequeños cuentos que quedaron olvidados en algún cuaderno.

-¿Qué libros o autores te influenciaron?

-“Moriré en otoño” de Lubrano Zas, es un libro que releo cada tanto, aunque claro, no sé bien de manera esto haya modificado mi escritura.

-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te gusten?

- Por supuesto, hay en nuestra provincia muy buenos escritores. Jacobo Régen es a mi parecer el escritor más sobresaliente de las últimas décadas, claro, que por suerte van apareciendo voces nuevas muy interesantes como es el caso de Alejandro Luna entre otros…

-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que te parezcan abiertamente malos?

- No sé, si la palabra malo es la adecuada, pero en este último tiempo he intentado leer algo de la vasta obra de (José) Agüero Molina, y no llegue a responderme como es que ha llegado a ganar tantos premios. Y no, no lo digo tratando de ser cruel, ni nada parecido. Pero, su escritura a mi entender no representa una madurez conceptual, ni estética que tanto se pregona por ahí…

-¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?

- Podría decir que sí, pero el caso es que mi primer libro, es también el último, entonces no sabría decir cuanto tiempo considero necesario para publicar un libro. Lo que sí puedo agregar es que el tiempo de edición fue más largo que el de escritura, pero esto quizás se deba a que es un libro auto-editado.

-¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? ¿De no ser escritor que te gustaría ser?

- No me pienso como un escritor.

-¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?

- Una obra de ficción es siempre futuro. Genera sus propias condiciones de posibilidad. Incluso, cuando uno escribe una obra siguiendo ciertos parámetros, fijando una forma, la resistencia que ofrece la lengua introduce la suficiente cantidad de azar como para que los resultados sean imprevisibles.Entonces, creo, es impensable buscarle una formula de éxito.

viernes, 16 de marzo de 2012

Salvador Marinaro: “Ser escritor exige ser otra cosa al mismo tiempo”



Esta es la primera de una serie de entrevistas a jóvenes narradores salteños (sub-35). Algunos han publicado sus libros, otros mantienen una producción intensa en blogs o revistas literarias.


Salvador Marinaro nació en Salta en 1988. Obtuvo el primer premio para poetas inétidos de la Secretaria de Cultura de Salta por su libro Sinfonía de Mareados y el primer premio en el género cuento por Sueños del mono evolucionado, ambos en 2010. Recibió el primer premio de cuento corto y la mención en ensayo del Primer Premio Nacional Azucena Villaflor, llevado a cabo por la Secretaria de Cultura de la Nación y las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. A su vez, coguionó la serie televisiva “Ese que va silbando”, preseleccionada por el régimen de fomento federal para la Televisión Digital del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales. Ha cursado la Licenciatura en Periodismo de la Universidad del Salvador. Actualmente, trabaja y reside en Buenos Aires

-¿Por qué escribís?

-Creo que uno siempre empieza a escribir por alguna carencia, algo que te pone realmente incómodo y la única manera de librarte de ello es escribiendo. De allí que la literatura sea una forma de estar en el mundo, más que de expresión. A mí, determinadas situaciones familiares (incluso de terceros desconocidos) me movilizaban en extremo, me sensibilizaban. Empecé a escribir por eso. Y después le agarré gustito. Vi en la literatura algo genial: la apertura mundos interesantísimos y sobre todo, la complejidad de este mundo. Hoy escribo por ese motivo subyacente: me ayuda a percibir mejor y entrar en la realidad, renovado.

-¿Cuándo empezaste a escribir?

-De adolescente, creo que tenía doce o trece años y le había perdido el respeto a todo. Creo que eso es lo primero para empezar a escribir, perderle el respeto a la literatura (y a tus viejos).

-¿Qué autores despertaron esta vocación?

-Un autor que me sacó de las casillas y me instaló en un lugar desconocido fue Kafka. Al día de hoy, he leído su obra completa y un par de veces El Proceso. Creo que uno congenia con pocos autores y sobre todo, entra en la misma sintonía. Para mí, uno de ellos fue Kafka (curiosamente, se trata de un autor que generó un adjetivo que habla de la complejidad, lo kafkiano). Algunos de sus textos me enseñaron profundas lecciones de escritura y en su diario puedo ver la génesis completa de una idea a un texto literario.

-¿Qué libros o autores te influenciaron?

-Como dije antes, El Proceso de Kafka, algunos cuentos de Abelardo Castillo (sobre todo los del libro Las maquinarias de la noche), Dino Buzzati (el cuento La gota es uno de los más memorables que he leído), y en un segundo momento, me influenciaron mucho los narradores norteamericanos, en especial Sallinger y Cheever.

-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que les guste?

-Teresa Leonardi por su integridad ideológica y su erudición. Leonardi nos ha dado una enorme mano a varios escritores jóvenes, pasándonos libros, textos y sobre todo, demostrando con sus poemas lo cerca que puede estar la literatura de la búsqueda de un mundo mejor. También he leído con interés a Santiago Sylvester, un autor cerebral, si es que existe esa diferencia entre la poesía de la mente y la poesía de la imagen. Sylvester es uno de los pioneros en introducir en el norte una corriente que proviene del mundo anglosajón, en especial T. S. Elliot, utilizando un lenguaje llano y significativo al mismo tiempo. También hay que mencionar que si bien el autor es reconocido por sus poemas ha publicado un libro de cuentos (La prima carnal, publicado por Anagrama) que es altamente recomendable. Por otro lado, hay un autor wichí que viene haciendo un trabajo increíble y necesario, se trata de Laureano Segovia, que recupera la memoria colectiva de su pueblo. He leído dos de sus recopilaciones y me han impresionado mucho. Por trabajos como el suyo, la literatura cobra un significado pleno. He procurado restringirme a los autores salteños, pero si ampliamos a todo el norte, debo decir que Jujuy tiene grandes autores, como Calvetti, Groppa y Héctor Tizón.

-¿Hay algunos autores salteños o del noroeste argentino que le parezca abiertamente malo?

-No me siento muy capacitado para responder esa pregunta. En primer lugar porque no he leído la totalidad de los autores del noroeste argentina y menos aún, la totalidad de sus obras, lo que exigiría para realizar esa clase de valoraciones. Y en segundo lugar, no creo que haya autores de los que no se pueda rescatar ni siquiera una línea. La diferencia es que en algunos escritores he encontrado un mundo personalísimo. Así es la literatura, muy subjetiva tanto desde el punto de vista del lector, como del escritor (una línea divisoria que no es tan estricta en la realidad).

- ¿Te llevó mucho tiempo escribir tu primer libro?

- Relativamente poco tiempo. Creo que en dos años ya estaba terminado, corregido y casi listo para imprimir. Con mi segundo libro es distinto, uno se siente precavido, quizás vigilado por los errores que cometió con el primero. He tirado manuscritos, vuelto a empezar con textos completamente cerrados y dudado mil veces sobre cuestiones mínimas de escritura. Creo que el primer libro produce un impasse, quizás una especie de parálisis, de la cual se sale consolidado, con otra fuerza para la escritura. Creo que cuando lo publique llegará otra etapa en mi creación.

-¿Alguna vez pensaste en no ser escritor? ¿De no ser escritor, qué te gustaría ser?

-Todos los días. Sobre todo porque ser escritor exige ser otra cosa al mismo tiempo, o tener una madre muy generosa. De todas maneras, si tuviera que poner toda la energía de mi vida (porque la literatura lo solicita y de verdad vale la pena) en otra cosa, creo que elegiría ser físico. No culturista, por supuesto. La física ha llegado a un punto de conocimiento que me provoca envidia. El movimiento de las partículas infinitesimales me parece algo encantador, pero impenetrable. Me gustaría tener las habilidades necesarias para entenderlo. Eso, ser físico. O por su puesto, astronauta o bombero.

-¿Qué hace, en tu opinión, que una obra de ficción sea buena o funcione?

- Que se despliegue a través del lenguaje un mundo original e intenso. Creo que de verdad, una obra que no tiene intensidad puede llegar a ser muy buena, pero no tendrá mi atención. Y aquellas obras que se enfocan en los mundos ya construidos, o retratados hasta el hartazgo, sólo redundan en un edificio conceptual, que puede haber ganado prestigio, pero nunca gracias a la obra que viene a incorporarse. Es una de las trampas en las que suelen caer algunos escritores. Por eso, las grandes obras sólo pueden provenir de la única fuente que tiene un escritor, la experiencia personal.

-Tu top ten de escritores.

No logro llegar a un acuerdo conmigo mismo, así que los diré en cualquier orden y me tomo el atrevimiento de mencionar las obras que más me impactaron: Kafka (El Proceso), Sallinger (9 cuentos), Cheever (Relatos), Buzzati (60 relatos), Maupassant (Los cuentos del final de su vida, sobre todo El Horla), Flaubert (me apasiona una novela histórica, Salambó , Abelardo Castillo (sus Cuentos Completos son una joyita), Camus (El extranjero y Calígula), Juan Rulfo (sobre todo los cuentos del Llano en Llamas) y Sartre (la trilogía Los Caminos de la libertad). Hay que aumentarlo a Borges a la lista, pero creo que ya es un lugar por el cual todos debemos transitar por la condena de ser compatriotas, diré que es casi una necesidad y lo doy por sentado.

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ASÍ ESCRIBE

Fragmento del cuento “La Marilyn”

Buscó un pequeño pomo detrás del espejo del baño, lo apretó, puso tres gotas en su cara y las esparció; un poco de color a las mejillas y se pintó los ojos con una sombra blanca y un toque de celeste. Se puso rímel pronunciando la curva de sus pestañas y mucho rojo en los labios. Miró su perfil en el espejo, diciendo qué bien merecido tenía su apodo: La Marilyn. Repitió qué hermosa, hermosa y tuvo una pequeña erección. Sonrió y siguió maquillándose.

La Marilyn buscó la bombacha, el corpiño con flecos y un saco, se vistió y empezó a repetir los pasitos que haría en el desfile. Se tapó y fue directo a la puerta. Afuera algunas de sus conocidas del ambiente hablaban fuerte y se reían, también esperaban a sus comparsas. Miró de reojo, cuando escuchó que alguien gritaba “ahí va Doña Lebón, la esposa marica de Segundo”. La Marilyn ni se dio vuelta, celosas pensó.


Salvador Marinaro: “Ser escritor exige ser otra cosa al mismo tiempo”

miércoles, 7 de marzo de 2012

ESCUCHEN




ALGO MÁS QUE UN PROGRAMA DE RADIO HECHO POR UNOS PARANOICOS PYNCHONIANOS:


sábado, 28 de enero de 2012

Nueva Narrativa Salteña: Dallacaminá y sus mentiras



Alejandro Kozarts (*)

Supongo que todo escritor es, en el fondo, un fetichista de las palabras. Las letras se juntan, las palabras se arman y se desarman, como un juego, mucho más importante en sí, que la historia para la que son utilizadas. Las palabras como un fin y no como un medio. Esto se percibe, de a momentos, en el autor que trataremos de analizar en esta reseña: Alejandro Dallacaminá. Algunos datos contextuales: nacido en Orán, el 19 de febrero de 1983, es el autor del libro “Yoes y mentiras”, que ganó el concurso provincial de cuento en 2004. Además publica relatos, con cierta asiduidad, en su blog (manchasdeltigre.blogspot.com), aunque por una cuestión de espacio en esta reseña sólo se comentará el libro.

El título obedece al desdoblamiento del narrador o por lo menos a la convivencia de más de una personalidad: hay más de un “yo”. El mismo autor en el prólogo del libro, titulado “A ambos lados de Dios”, habla así de esa situación esquizofrénica: “Sería arrogante justificar cada coma donde está, cada punto que ocupa un lugar. Porque en cada relato que he pensado sanamente para este libro, se ha colado de manera totalmente involuntaria mi enfermo inconsciente, mi atolondrado espíritu que quería poner él también su nombre en la carátula… las locuras morbosas, los excesos evidentes, las palabras sin sentido, no las he elegido yo… No voy a afirmar la veracidad de mis palabras ni la falsedad de mis mentiras”. Sí, alguien habrá notado ya el fantasma de Borges sobrevolando esta declaración, y su influencia también se percibe en otros aspectos del libro: el regodeo en su prosa, la ironía fina, algunas formas en que enumera (Ej.: Él luchó en la guerra santa, se casó con una geisha llamada Yeromé, estuvo preso por una estafa que no cometió, sembró algunas flores en el fondo del mar. Ella se casó con un negro marroquí, anheló la paz mundial, sus tres hijos son Melchor, Gaspar y Baltasar, juntó flores del fondo del mar”.); aunque Dallacaminá está, afortunadamente, lejos de ser un escritor borgeano.

No hay ninguna pretensión de realismo. Y con esta afirmación no me refiero a la elección temática (porque de última se podría separar el corpus entre cuentos realistas y fantásticos); sino al hecho de que el lector no puede sumergirse totalmente en una historia porque siempre hay huellas visibles de que se está contando una historia. Por ejemplo, en “Hombre bueno”, Dallacaminá cuanta la historia de un hombre que es demasiado bueno (ésa es su virtud, su defecto y su destino...”, dice el narrador) y este personaje se enfrenta a la situación de tener que hacer cola en un cajero y, va cediendo su lugar a los que llegan, de manera que el tiempo pasa, años a decir verdad, y el hombre sigue sin poder entrar a sacar plata. En un momento, la voz del narrador irrumpe: “Todo muy emotivo pero…, ¿cómo termina esta historia? Hay dos posibilidades posibles…”

Este fragmento es una muestra, asimismo, de otra vertiente lúdica dentro de la obra dallacaminiana: el relato-performance; el escrito que obliga al lector a sumergirse en el libro y participar de manera activa en esos juegos. Un ejemplo: el texto “Para escribir una historia” está en segunda persona, son instrucciones para los aspirantes a escribidores sobre cómo lidiar con sus personajes: “…sígalo de cerca, siempre de cerca. Si se duerme, despiértelo; si se ríe, cállelo; si se baña, córtele el agua…”. La idea del libro como performance está, también, en la contratapa del libro y en la nota final de la página 91; allí el lector se topa con esto: “Al leer el libro por segunda vez, y sólo por segunda vez, aparecerá entre las páginas cuarenta y cuarenta y uno un texto desconocido que no me pertenece. El texto se encontrará en un único ejemplar de esta edición cuando el lector lea por segunda vez el libro. Y después, aparecerá para siempre…”.

El humor y la total falta de solemnidad, son algunas de las grandes virtudes de este libro.

(*) Publicado por El Intransigente, el viernes 27 de Enero de 2012

martes, 17 de enero de 2012

Nueva narrativa salteña: LA OTRA CARA DE LUNA






Alejandro Kozarts (*)

Hasta los 80’, las historias se anclaban en el ámbito rural; fue en esa década que Carlos Hugo Aparicio permitió descubrir a los lectores que los barrios capitalinos también podían ser escenarios para buenos cuentos (si bien su novela y varias de sus historias jamás abandonaron la puna). Y han pasado casi 30 años para que la musa espacial presente una nueva mutación: la ciudad, que si bien está lejos de ser una gran metrópolis, se diferencia del barrio apariciano por su neurosis, por sus nuevos ritmos, por la visibilidad de una composición social más heterogénea y, sobre todo, por su violencia.
No es que se hayan dejado de escribir cuentos con esos parsimoniosos locus amoenus, ni con esas siestas y conversaciones lacónicas de barrio; pero si hay algo de nuevo en la nueva narrativa salteña es el cambio de paisaje, la imposición de una ciudad desquiciada.
Y es justamente en “El libro de las humillaciones Varias”, publicado por Editorial Intravenosa (Jujuy) en 2011, donde se percibe esta transición pues en sus páginas conviven el pueblo, el barrio y la ciudad.
El título sintetiza el espíritu de los cuentos de Alejandro Luna: no es que el autor no quiera a sus personajes; pero sabe que un buen escritor debe apartarse, debe dejar que sus personajes anden solos y se enfrenten, con esa desnudez, ante los infortunios del destino. Todos sus personajes están condenados al desasosiego, a desear y a tratar de con seguir algo que nunca obtendrán y a sufrir durante ese intento.
Una comparación: en un cuento de Aparicio, a una familia le hurtan, una a una, de manera imperceptible y sutil, las ruedas del auto; en un cuento de Luna una parejita está discutiendo en la parada de colectivos cuando se les acerca grupo de mocosos drogados para robarles, el chico se resiste, y lo matan a golpes. “Cayó al suelo y comenzaron las patadas por todo su cuerpo que no quería más que amar y que lo amen. Ella comenzó a correr. El Gabo ya no se cubría de los golpes…”, dice el narrador: la violencia es tangible y es, junto a la desolación, uno de los ejes del libro.
Salvo dos, todos los cuentos son realistas, a tal punto que a veces Luna pone como epígrafe inicial de los cuentos fragmentos de noticias de diarios, epígrafes que pueden servir como efecto de realidad, o como una forma, por parte del autor, de reconocer que esas noticias fueron las disparadores de los cuentos (de cualquier manera, esos epígrafes entorpecen la lectura, pues adelantan el desenlace de la trama y porque los sucesos de los diarios son demasiado comunes como para que Luna se sienta en la obligación de citarlos como fuentes).
Una de las excepciones a ese realismo es “El Pollo”, que es, también, el mejor cuento del libro. Luna vuelve al ambiente de pueblo (que nunca termina de abandonar, algo que se percibe en cómo hablan muchos de los personajes), se apoya en el fantástico, y nos brinda un relato tierno y, al mismo tiempo, cargado de una crueldad infantil (que es la más refinada de las crueldades y en la que además Luna parece experto): “Cuando recién conocieron a Miguel se le acercaban para hablar con él, pero en poco tiempo su condescendencia lo convirtió en un chico poco creíble. Lo que se debía también a que Miguel era excesivamente bueno en una edad en que ser bueno no es lo mejor para la convivencia. Todo lo que tenía lo daba, a todo asentía y por ello sufría las peores burlas…”
El Libro de las humillaciones varias es un libro extraño. Pululan, en esas páginas, personajes heridos, llenos de cicatrices abiertas. Y Luna conoce esas cicatrices y sobre ellas construye su literatura.


(*). Publicado por El Intransigente, en su edición del 13 de Enero de 2012

sábado, 7 de enero de 2012

Nueva Narrativa Salteña: Un tal Cecilio Pastrani

Alejandro Kozarts (*)

¿Hay una nueva narrativa salteña? Difícil saberlo. Hay, sí, muchos jóvenes escribiendo, la mayoría sin espacio para mostrar sus producciones. Ahora, si hay algo de nuevo o de salteño en esos escritos es algo que está aún por verse.
Hablemos del libro de cuentos “Doppelgänger”, de Cecilio Pastrani, que antes de llegar, la semana pasada, a la vidriera de una librería de calle Caseros, circuló en 2010 entre un pequeño grupo de amigos del autor. Sobre Pastrani hace falta saber algunas cosas: estudió Letras en la UNSa., no soportó la carrera y, cual detective salvaje, se fue a probar suerte a España. Desde entonces anda dando vueltas por alguna parte de Europa. Estos datos biográficos se perciben en su prosa, tan deudora de las lecturas (Bolaño, Cortázar, acaso Raymond Carver), como del castellano que escucha a diario: los narradores de Pastrani no tienen esa vocecita de color local provinciano –que dicho sea de paso en Salta sólo le sale bien a Carlos Hugo Aparicio-, sino que hablan como en España: “Fue duro, mas en ningún momento sucumbí a la tentación…”; o “voy a por ella” o “Nunca vi nadie que blufeara como él lo hacía.” Alguien podría señalar, de igual manera, la cantidad de palabras y frases del inglés que irrumpen en la prosa y ni hablar de los títulos en alemán.
No estoy diciendo que esto sea un defecto o una virtud: digo que es raro (aunque para mí lo raro suele ser bueno), en todo caso es un síntoma, que da cuenta de una fuerte necesidad, en el autor, de cortar sus raíces, de distanciarse de la provincia en la que vivió hasta los 20 años, más allá de algunos elementos decorativos de esa salteñidad (como el mate). El título del libro, en este sentido, ya nos brinda algunas pistas de esta sensación, porque “Doppelgänger” significa en alemán “doble fantasmagórico”, habla del doble de una persona, generalmente malvado.
Hay varios cuentos de este libro que valen la pena de ser leídos; pero hay uno especial, titulado “alptraum”, que es imperdible: si bien la trama puede remitir a Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut), de Stanley Kubrick, el clima es totalmente davidlyncheano (no por nada “alptraum” significa “pesadilla” en alemán) y el narrador sumerge al lector en ese mundo totalmente carente de sentido y profuso en humor. Sinteticemos la trama: un hombre empieza a contar que cierta noche terminó en una exclusiva fiesta swinger, que en la habitación de ese hotel todo estaba a oscuras, que de todos modos el personaje podía ver que todos tenían máscaras, menos él y que había en el centro de la habitación un círculo de luz. “Ni siquiera tenía pareja, aunque sentada a mi lado había una mujer gorda y negra (aunque no sé si era negra o sólo la veía negra por la oscuridad reinante) que parecía excitada, que respiraba ruidosamente y se movía al compás de alguna música que solo ella podría oír, un ritmo lento y espeluznante que se me ocurría era una bossa nova sideral o, aún más lejana, una bossa nova plutónica”, dice el narrador. El cuento es delirante y tiene un “cameo” especial para los lectores de narrativa norteamericana.
Al finalizar el libro uno puede llegar a pensar que el término “doppelgänger” no alcanza a contener a todas esas voces narrativas, tan disímiles entre sí, que trasuntan el libro; que no hay un gemelo malvado de Cecilio Pastrani, sino varios Cecilios Pastranis ( eso sí, todos malvados.)
Quizá este libro sintetiza la preocupación de algunos jóvenes escritores salteños: la necesidad de suprimir el pasado, no tanto para decir “la literatura empieza con nosotros” y reconstruir ignorando las ruinas; sino porque los que escriben están escindidos de manera espacial y temporal con la provincia: no hay nada en ese pasado, no hay nada en esta Salta a lo que se sienten unidos. Y esto no sólo le pasa a Pastrani, que está en Europa, sino a muchos salteños que nunca pudieron dejar este valle.

(*) Publicado por El Intransigente, viernes 6 de Enero de 2012

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La muerte y la muerte de Mela




María de los Ángeles Rojas (*)


Si Mela venía de una vida pasada, seguramente se había dedicado a la necrocirugía. Me gustaría recordar cómo nos hicimos amigas, pero esos son detalles en la infancia. Ella estaba siempre en mi casa: los fines de semana, a partir de las 14, y los días hábiles, desde las 18.
“Este brazo, aunque sea tan real, es de madera, porque nací muerta y me tironearon para que saliera y así se quedó adentro”, me confió gravemente. Ni siquiera parpadee. “¿Dentro de dónde?”, hubiese querido indagar mientras tocaba ese miembro tan gemelo del otro.
Pronto Mela cayó en cuenta de que era yo un público muy agradecido y decidió introducirme en los terrores nocturnos. “Cuando tuve el accidente y me quedé sin cuero cabelludo, fuimos todos al cementerio a buscar uno para trasplantarme. ¿Sabías que a los muertos las uñas y los pelos les crecen y perforan los cajones?”. Aferrada a mi gato Ulises, temía moverme un ápice. “Ah, también vi el cadáver de un gato cuyo ojo aún parpadeaba...”.
Mi mamá empezó a notar que algo no iba bien, cuando su impertérrita hija menor no quiso ir sola al baño por la noche. “¡Esas son macanas!”, gruñó impaciente al escuchar las “historias de Mela”. Pero nunca la regañó; es más, siguió cortándole la milanesa, “no sé usar el cuchillo, señora”, algo que no hacía ni por sus vástagos.
Nos distanciamos a los 11, cuando las niñas de mi época teníamos la gracia de dividirnos en sectores irreconciliables: cara lavada vs. maquillaje, guillerminas vs. chatitas, barbies vs. chico lindo que me gusta.
En la secundaria, solo nos cruzábamos en el colectivo. Yo crecía rozagante. Mela, flaquísima, las encías transparentes y el genio de la vida emigrado de su cuerpo. Por años solo supe de ella por un amigo de un amigo: “Está embarazada, se casó, tuvo un hijo”.
Hace poco, la crucé en la peatonal. Forcé el saludo: “¡Diamela!”. Contestó con una sonrisa ensayada, social, y ahí supe que esta vez, de veras, Mela había muerto.

(*) Publicado por el diario El Tribuno de Salta.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Redacción: tema mi pelo






Por María de los Ángeles Rojas (*)



“Había una vez dos tetas que llevaban una chica detrás”, inicia una crónica, sobre Luly Pop, Alejandro Seselovsky. “Era una vez un pelo que llevaba adosada una piba”, sería la mía. Mi pelo es largo, pero los he visto más largos. Aun así parece que es lo suficientemente “freak” como para desplazar el motivo del clima de una conversación entre amigables extraños y yo. “¿Hace cuánto no te lo cortás?” (el génesis). “¿Tenés una promesa?” (la motivación). “¿Qué champú usás?” (el secreto). “¿Lo lavás todos los días?” (la higiene). “A mí no me crece” (la envidia). “Yo lo tenía así de joven” (la empatía). “Mi tía lo tenía hasta los talones” (la hipérbole). Mis respuestas varían según mi ánimo y usina imaginaria. “Mi profesor de yoga dice que en las puntas hay terminaciones nerviosas, por eso no hay que cortarlo” (la exótica). “No me lo corto por falta de tiempo” (la práctica). “Ni me acuerdo...” (la malhumorada). “Le tengo miedo al peluquero” (la versión para niños).
Una vez en el colegio, la maestra nos dio una consigna: “Escriban sobre el último viaje que hicieron”. Pero añadió, angostando sus ojos de cíngara: “Todas menos Rojas. Rojas, redacción: tema mi pelo”.
Lloré la tarde entera. Mi orgullo de abanderada era vencido por mi falta de abstracción cuando mi papá se acercó y me contó: “Cuando tenía tu edad, naufragaba en mis tardes de hijo único y me decía: ‘Cuando me case, voy a tener cuatro hijas de pelo largo y ellas serán mis hermanas’”. Habrá sido su abrazo, habrá sido el horror del posible cero.
Sé que mi escrito era una torpe mezcla de cuestiones domésticas: “Lloro en el peluquero, me lo lavo con ayuda de mi mamá”, pero terminaba: “Tengo el pelo largo y lo usaré siempre así, porque así me soñó mi papá antes de conocerme”. Días después, la maestra me pasó la hoja con mi diez felicitado, me tomó la mano izquierda y, en un reflejo ancestral, me volvió la palma hacia arriba. “Rojas, usted será escritora, que no se le olvide”, susurró. Pronto la transfiguración pasó y volvió a ser la de siempre.






(*). Publicado por El Tribuno.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Crónicas milagrosas




Mientras medio millón de personas asistían a una nueva procesión del Milagro, salteños de todas las edades explicaban por qué no estaban presentes en la celebración católica por excelencia del norte argentino.


por Federico Anzardi (escrito para cuartopodersalta.com.ar)


Está de pie en la vereda, apoyada sobre un poste de luz que no ilumina, porque es de día y el sol todavía labura y fuerte; pero sí hace las veces de improvisada parada de bondi. Está en Zuviría, pasando Ameghino, a dos cuadras de la zona de la Balcarce. Se está comiendo una manzana acaramelada. Esa acción, ese gusto de la infancia que perdura, junto a los aparatos que aprietan sus dientes y su contextura física pequeña, hacen que parezca de catorce años. Hasta que habla. “No comparto la ideología de la Iglesia Católica”, responde formal, después de haber escuchado la pregunta clave de la tarde: “¿Por qué no estás en la procesión?”. Su voz y su forma de hablar remiten a una pequeña Tana Ferro de 19 años (su verdadera edad) en contra del dogma católico y que está ansiosa por irse a La Caldera en lugar de agitar uno de los miles de pañuelos blancos que se sacudieron en la tarde del 15 de septiembre.

La Tanita es sólo una de las tantas que estaban haciendo su vida mientras medio millón de personas le perseguía el rastro a dos imágenes religiosas, confirmando la tendencia retro de nuestra provincia. Ese conservadurismo que se encuentra ni siquiera a la vuelta de la esquina, porque existe en la puerta de al lado, o en la propia casa. Que aparece en todas las edades y estratos sociales. Que se manifiesta en la señora que aferra su cartera y suda su maquillaje entre tanto feligrés que se toma a pecho la festividad. También en el adolescente rollinga que baila con el rocanrol de Perro Ciego y que apura la birra todos los fines de semana. Como Leonel, de 17 años, que está sentado junto a Gabriel, de catorce (ahora sí), en un umbral de la desierta y casi desconocida zona de la Balca a las cinco de la tarde. “Yo no voy porque ya fui a misa. No es que no me interesa, ya fui a misa dos días”, asegura Leonel, y agrega que cree “en dios” y que rezó la Novena con su tío.

Lo último que se podría pensar después de ver su apariencia (remera con la lengua stone, muñequera de Perro Ciego, flequillo rollinga reglamentario y un poco pasado de moda a esta altura) es que Leonel defiende a la religión que le tocó, por la clara influencia que la cultura rock (gracias, Indio) ha tenido sobre él. Pero no. Se abraza a La Biblia, quizás siendo esclavo de la supuesta educación laica que imparte clases de Catequesis en las escuelas públicas con el mismo fervor que rechaza cartillas de educación sexual. Tal vez cumple a rajatabla el manual del fanático de rock conservador que no terminó de entender la cosa y cree que lo mejor es “no cambiar nunca” y no estar abierto a nuevas propuestas, que siempre dan miedo, por su incertidumbre. A Gabriel también se le nota ese miedo a contrariar el dictamen de los maestros, los padres, los abuelos y los tíos. Afirma que es católico y que está bien rezar y que dios está en todos lados, pero que no va a la procesión porque no le gusta estar rodeado de gente.

Algo parecido piensa Edmundo Lamas, de 63 años; histórico mozo del Bar Madrid, sentado a una cuadra de los pibes, tomando algo en solitario. Revelado como un gran creyente (“Yo pienso que dios existe, ¿de dónde salimos nosotros si no?”), afirma que es respetuoso de la opinión de todo el mundo, que cada uno se maneja de acuerdo a su criterio, pero que no va a la procesión ni a la iglesia “Yo fui una sola vez a la procesión del Milagro, cuando tenía seis años -cuenta-. Entré a la Catedral, la única vez, y no volví más. Pero… yo soy católico, creo en dios, soy muy creyente. No voy porque en la escritura sagrada dice bien clarito: ‘Cuando ores entra a tu aposento y cierra la puerta. Si nadie te escucha, mi padre, que está en el cielo te escuchará’. Eso es lo que yo hago, yo leo mucho La Biblia, escribo poesía. Ya escribí tres libros. Y le pido a dios, pero entro a mi dormitorio”.

El mini relevamiento realizado durante el momento de la procesión arrojó resultados que son contundentes y que se palpan casi inmediatamente: el porcentaje de no creyentes aumenta mucho entre los jóvenes de 19 y 30 años. Los más viejos tienen una escuela de castración, pudor, temas tabú y religión muy fuerte. Los más chicos todavía están a merced de sus mayores. Pero los adultos tempranos son los que marcan que quizás dentro de algunas décadas, la celebración del Milagro no sea tan invasiva como lo es ahora.

“Yo no creo en nada. No creo en mí, mirá si voy a creer en los demás”, escupe Mariana, de 25 años, parada en el patio de comidas del shopping, mientras espera a su abuela, que durante la infancia intentó marcarle el camino. “Creo que hay un dios –continúa- y que cada uno cree en lo que necesita creer. No creo en las imágenes, en la Iglesia, en los curas o en el Papa. Cuando era chica iba mucho a misa, pero porque mis abuelos me llevaban, no porque yo elegía ir. Iba porque había chicos con los que jugaba, me divertía”. Mariana se escapa de la ciudad durante los días de la Novena, prefiere recluirse en su casa de zona sur. “Para mí es un bajón -dice-, no salgo al centro porque está lleno de gente, no hago cosas. O por ahí tenés miedo de que te afanen la cartera, te afanen el teléfono o que pase algo. Pero cada uno que haga lo que quiera”.

El que no se banca la Novena, el Milagro y cree que la Iglesia Católica se está yendo por las ramas es Matías, de 27 años, quien desde su casa en el barrio San Remo asegura que no participa de la procesión por su ateísmo y explica el por qué. “Soy ateo porque me resulta estúpido creer en seres con súper poderes, y si existieran sería estúpido dedicarle la vida a seres con súper poderes. La procesión es la muestra más evidente de la falta de razonamiento de las personas: un grupo de personas caminando mientras rezan en grupo explica por qué el mundo es tan deficiente, tan incoherente. La gente que va a la procesión es la misma gente que apoya las teorías de que los cambios climáticos o desastres naturales son culpa de la acumulación de pecados mundiales. La gente que participa de la procesión es la misma gente que dice que ser gay es estar enfermo. Lo digo, no porque lo inventé, si no porque lo escuché y no lo podía creer”, afirma.

Matías es uno de los que está en contra de la ordenanza 9945, que prohíbe “durante los días seis (6) al quince (15) de septiembre de cada año los bailes, espectáculos públicos en confiterías, café concert, pub y afines, en el sector limitado por las Calles Caseros, Belgrano, Deán Funes y Balcarce inclusive”; justificándose en que “durante los días de la novena concurren a la Catedral Basílica gran cantidad de peregrinos a quienes es menester respetar su fe y devoción”.

El problema surge cuando el respeto hacia la fe y la devoción de algunos se termina olvidando de los intereses de los otros. Gracias a la ordenanza, se debieron suspender o reprogramar varios espectáculos que se tenían que realizar en el Teatro Provincial, como el de Los Nocheros con Los Tekis del 10 de septiembre o el del Sexteto Mayor, el 7. “No me parece que se corte con parte de la cultura por algo de la Iglesia. Los Nocheros en el Teatro Provincial no perjudicaban en nada al Milagro. Son decisiones absurdas”, dice Mariana, quien contrasta con la opinión de Leonel y Gabriel, quienes creen que el tiempo de la Novena “es para ir a rezar, para estar con dios ¿Para qué ir a un recital?”.

“Me parece correcta esa decisión, se merecen respeto. Más allá de que la Iglesia tenga sus cosas, prohibirlo me parece correcto”, dice Edmundo quien, obviamente, no opina igual que Matías, para quien la ordenanza es “básicamente, enorgullecerse de ser el insulto a la inteligencia humana”. “Sólo un país mediocre obliga a someterse a las personas por cuestiones religiosas -explica-, porque la práctica de alguna creencia religiosa es personal e individual. Obligar al pueblo es un capricho de seres repulsivos, y ser tan mediocre como para aceptarlo sólo hace que todos los que no estamos de acuerdo nos retorzamos como gusanos discriminados como en la misma inquisición”.

“Me parece totalmente una falta de respeto que le hayan hecho eso al Sexteto Mayor”, dice apuradísima la Tanita, sin tiempo para seguir contestando porque el colectivo acaba de frenar ante su brazo estirado. Se disculpa y se sube, alejándos cada vez más de la fidelidad católica. Porque al Cristo de La Caldera no le hacen tanta prensa.

viernes, 24 de junio de 2011

AL MARGEN


Escrito por Juan Manuel.
Imagen: Alejandro Luna, para El camino de la mandrágora, sobre poemas de Fernanda Salas, Equus Pauper, 2008.



En las condiciones actuales de la literatura es poco probable que exista algo llamado el margen. Hay comunidades de escritores y lectores que de manera esporádica se confabulan para traficar libros hechos en sus casas, en muchas ocasiones sin fines de lucro y sin ánimos de competir por saber quién escribe mejor que tal o cual. Al menos eso es lo que permiten pensar las prácticas mismas: un autor llega de otra provincia, nos juntamos a leer o a charlar, intercambiamos libros, en fin, compartimos experiencias y luego cada uno sigue con lo suyo. También puede suceder que no existan publicaciones en papel y se trate de un blog al que de vez en cuando uno accede y deja (o no) un comentario: no es necesario convivir en el mismo espacio geográfico. Para este último caso no hace falta mencionar cómo se ha diluido la crítica literaria. En el fondo de la cuestión importa muy poco si alguien escribe bien o mal. El estándar estético, de todas formas, no puede interesarle a alguien que tiene a su disposición una multiplicidad de medios para dispersar sus textos. Lo que se lee es lo que circula (a mucha velocidad), de lo que circula queda muy poco, de lo poco cualquiera puede adueñarse (generalmente con un click) o dejarlo pasar (lo que sucede a menudo): hay poco tiempo para detenerse, ya está viniendo algo nuevo.



LA CARRERA DE LETRAS DE LA UNSa



Todos los autores mencionados en el artículo sobre Ya era anduvimos por la carrera de letras. Hasta ahora ninguno se ha recibido. No porque seamos malos estudiantes, aunque tampoco somos los típicos estudiantes de letras. Sin embargo no somos marginales. Recuerdo que en un encuentro en Jujuy los muchachos de la revista Intravenosa organizaron una charla en la facultad para hablar de lo mal que los trataba la crítica universitaria y nosotros disentimos: muchos de ellos eran o habían sido estudiantes de letras de la UNJu yrecibían legitimidad por parte de los docentes. En nuestro caso nunca ha surgido ese problema: la proximidad (ambiental y hasta ideológica en algunos casos) con docentes que investigan y elaboran estudios críticos sobre la literatura de Salta (Susana Rodríguez, Elisa Moyano y Raquel Guzmán) nos vuelve de cierta manera “canónicos” dentro de ese ámbito. En ningún sentido nos interesa la postura del margen porque parece equivocada: marginal es quien no tiene para pagarle a SAETA el boleto que lo llevará al centro a hacer cola durante horas y horas para cobrar un plan social (que no le alcanzará para llegar a fin de mes); marginal es Leonel Zapatero, un poeta desconocido y de enorme talento que padece una enfermedad mental que le impide participar de la vida social de manera “normal”; marginal es Luis Ferrario, quien tiene una profusa obra literaria casi en el anonimato. Ya era no es marginal, por el contrario es un movimiento de agitación cultural que elude esa palabra para sí porque sería una máscara de lo que no somos. Es más, ni siquiera somos los únicos en hacer ‘arte autogestionado’ en esta ciudad.



YA ERA



Ya era le debe todo a Chuky, la Delphine y el Cubano. Ellos, con sus viajes a cuestas, trajeron las ideas y los modos de acción a Salta. Sin su valiosa aparición no se hubieran realizado las publicaciones caseras que llevamos a cabo. Desde luego que no todo concluye en armar libros de cartón pintado. El movimiento significó en un principio la intervención crítica de sus autores en el seno de las discusiones del campo literario salteño. Pronto descubrimos que tales discusiones no existían. Otro principio fue el de disolver ciertos criterios tradicionales: la autoría como propiedad privada de la palabra; la sobrevaluación de la figura del escritor como productor exclusivo de “literatura”; el fetichismo del libro impreso; la relación ominosa entre los autores y los órganos administrativos del poder que los bendecían con las migas de su dominación; la práctica sacerdotal (en el sentido de palabra de experto, al estilo de la crítica universitaria o del escritor ‘consagrado’) como discurso de mediación entre el público y los libros.



Si bien esto puede sonar mucho a Foucault high fidelity, lo cierto es que era necesario diferenciarnos de los demás y hacer comunidad en otros espacios, bajo otras modalidades y valores: sobre todo la idea de compartir. Compartir la experiencia del libro como proceso de aprendizaje, compartir las andanzas por las calles de la ciudad, compartir las historias narradas oralmente por quienes recibían nuestros libros y compartir la posibilidad de dejar que sea el otro quien tome la palabra. Nuestra pretensión no fue alcanzar una “densidad” poética “de calidad” que permitiera a Sylvester cotejarla “con la de cualquier lugar del país”, era permitir que cualquiera que tuviera ganas de hacerlo escribiera y publicase: a) porque es barato y muy fácil (sobre todo en Salta, donde florecen los poetas); b) porque es mejor que todos puedan hablar y no solamente los que hablan bien. En este sentido buscamos la participación y no la exclusión de los ajenos al “mundo de los escritores” ni mucho menos la reclusión del escritor en nichos como la casa de la cooltura.



A OTRA COSA MARIPOSA



No quisiera concluir este pequeño artículo sin antes mencionar una última tendencia no del todo reseñada cuando se habla de la letra salteña: su evidente machismo. En el suplemento no se ha mencionado a ninguna mujer salvo a Sara San Martín y Geraldine Palavecino, como si las demás no escribieran. Por mi parte eché de menos a Fernanda Salas, quien ha publicado de manera autogestionada un libro de poemas llamado Síntesis del laberinto, en donde figuran unos versos terribles que dicen algo así como “qué difícil nacer en un mundo de penes”. Lo hago notar porque todos somos muy ‘penes’ a la hora de hablar de literatura y eso impide conectarnos con el tan mentado ‘otro’. Luego también nos haría bien leer a Belén Scigalszky, quien por ahora nos ronda desde inquietantes papeles fotocopiados entretejidos con dibujos (recuerdo uno de los bigotes de Nietzsche con piojos). Otro nombre que no quisiera dejar huir es el de Mili Carón, quien escribe en el blog fragmento-s un diccionario antietimológico que, en su entrada ‘Discurso’ propone: “discurso que interrumpe el curso, la dirección. Un discurso que co-rrompe la propia voz, la con-parte, la fragmenta, la desvía hacia un otro para discurrir. La invitación a ir hablando extraviados, en un discurso sin curso”.



En fin, responder significa abrir la boca, mostrar los dientes, sacar la lengua, emitir sonidos, invitar a continuar la palabra en otra boca. Nadie tiene la palabra.

lunes, 11 de abril de 2011

Esa sed que nunca se acaba


ESTA NOTA SOBRE UN SEX SHOP SALTEÑO FUE PUBLICADA EN EL SEMANARIO CUARTO PODER




COPETE: Vibradores, prótesis, geles y sillones amorosos son algunos de los elementos que los salteños consumen en su intimidad, cuando el sexo llama y reclama distintas maneras de expresión. Esta crónica de una tarde lluviosa en uno de estos locales de la ciudad demuestra que Salta no es tan puritana como parece.



Federico Anzardi



La lluvia que cae sobre Salta en esta tarde de enero seguramente incitará a muchas parejas a encerrarse en sus habitaciones, sumergirse en sus camas y propinarse todo tipo de caricias. Quizás, alimenten el encuentro con un objeto. Quizás, ese objeto no sea la clásica película en el cable, sino un vibrador, un anillo para el pene o un dilatador anal. Quizás, también, lo compren en Cupido Sex Shop, el lugar donde voy a pasar algunas horas, intentando averiguar qué se esconde debajo de la moralina pacata que existe en nuestra ciudad; la misma que parecería estar completamente cubierta por el velo conservador de la Virgen del Milagro.

La primera sorpresa llega desde afuera: un cartel enorme sobresale entre las casas de la gente de clase media que convive en la zona, a unas diez cuadras del centro. Salta no es Ámsterdam, y cada demostración de apertura mental y falta de prejuicios llama la atención. Mientras pienso esto, toco el timbre y espero.

Me abre la puerta una mujer grande, de unos cuarenta y pico de años, o incluso más, vestida con un jogging fucsia, remera roja y guantes de goma naranjas. La llamativa señora atiende a los pocos segundos de haber oído mi llamado y, luego de cerrar tras mi entrada, continúa con su tarea de limpieza.

Una vez adentro, el imaginario colectivo acierta y confirma la teoría: lo primero que se ve en este tipo de comercios es una interminable colección de pijas artificiales colgando de las paredes. Claro que el inconsciente general peca de falta de imaginación y se olvida de las demás cosas. En este local de dos salas (y en todos los sex shops del mundo) también hay anillos, lencería, prótesis, chascos y hasta un “sillón del amor”, que cuesta dos mil quinientos pesos. “Ya está vendido”, me dirá más tarde Daniel Díaz, quien junto a su padre, Coco, maneja Cupido desde hace siete años.

El “sillón del amor” se destaca en el local por su gran tamaño y es el sueño de toda estrella amateur del porno casero, con ganas de zarparse a full. Viene con tres tipos de vibradores diferentes para colocar mientras se practica cualquiera de las posiciones para las que está fabricado: anal, vaginal y doble penetración. Además, el producto brinda lubricantes, aceites, velas para jugar con cera caliente, plumas y un movimiento de penetración y otro de vibración general.

A pesar de que el vibrador fue el sexto artefacto de uso casero en ser electrificado (antes que la plancha, por ejemplo), muchas personas poseen un gran desconocimiento respecto a la cantidad de elementos que se venden en los sex shops (“¡son puros consoladores!”) y grandes prejuicios sobre la gente que consume sus productos. Quizás, la explicación esté en que la difusión del rubro no es masiva y, fundamentalmente, en que la educación sexual a la que nos someten nos obliga a pensar que todo aquel que se sale de los parámetros establecidos es un ser siniestro, capaz de abusar de nuestros hijos ante el menor descuido. Es curioso: los argentinos pueden dejar que sus hijos consuman una imagen machista como la de gatos ignorantes bailando en pelotas por un sueño, pero, llegado el momento, no se toman el tiempo de explicar que la sexualidad en el mundo es amplia y diversa y llega a sentarse en, por ejemplo, el “sillón del amor”.

Cuando me recibe, Daniel me saluda sólo con la vista. Está hablando por teléfono con un posible cliente de Orán, interesado en prótesis peneanas. Daniel le da los datos y le dice que necesita conocer el diámetro de su pene para poder enviarle el modelo adecuado. El hombre promete volver a llamar.

“Primero, comenzamos en el centro de la ciudad. La gente nos decía: ‘Es lindo el lugar, pero están en la boca del lobo’. Entonces nos alejamos para la privacidad de nuestros clientes”, me cuenta Daniel, un tipo joven que asegura haber probado todos los productos de su local, excepto los vibradores. “Disfruto mucho de los geles”, acota. Un buen vendedor es aquel que conoce lo que vende.

Con siete años de experiencia en el rubro, Daniel afirma que el ambiente se fue modificando, mejorando, y que continúa por ese camino. “Al principio había un poco de tensión por ‘el qué dirán’ –recuerda-, pero eso se fue ablandando un poco. Hoy en día no hay mucha cosa tosca. Lo más difícil para nuestros clientes nuevos es tocar la puerta. Una vez que entraron hay mucha confianza, nosotros les ofrecemos privacidad. Si un cliente nos pide estar solo, pasa a la otra sala. Nadie queda afuera”.

Suena el teléfono. Una mujer quiere anillos para el pene. Después de una breve explicación acerca del efecto de ese tipo de productos, Daniel promete enviárselos “ya mismo” con un cadete hasta la peluquería donde se encuentra.

“Queremos que nuestro negocio salga del tabú –me cuenta-. La gente cree que en un sex shop vendemos solamente vibradores, pero hay muchas otras cosas: lencería, geles, cremas para masajes, feromonas, juguetes específicos, como estimuladores clitorales, dilatadores anales, de todo. Hay gente que los usa para ampliar sus límites dentro del ámbito sexual y otros que los usan como una necesidad”.

Timbre. Entra un tipo joven, de veintipico, musculoso. Quiere un energizante natural. No hay. “Volaron”, le dice Daniel, que habla de sexo con la naturalidad del tipo que lidia a cada momento con el tema. A pesar de recibir tantas consultas, los Díaz son simples vendedores. No son sexólogos, por lo que no pueden dar diagnósticos u ofrecer productos disponibles bajo receta. “Viagra no puedo vender”, especifica.

“No somos sexólogos ni tampoco urólogos, pero sí aconsejo (a los clientes) más o menos en base a lo que me cuentan”, asegura Daniel. Luego tira un par de datos: los heterosexuales lideran el podio del buen comprador, continúan las lesbianas, después los gays y, por último, aparecen las travestis. Finalmente, me cuenta que el cincuenta por ciento de sus clientes busca autosatisfacerse, mientras que la otra mitad intenta gozar en pareja.

El musculoso se decide y se lleva un energizante femenino con la advertencia de que lo aplique “en el juego previo” y lo deje actuar “de cinco a siete minutos”.

Teléfono. Orán ataca de nuevo. Da las medidas, sus datos, pregunta el precio y confirma la compra. “Mañana por la mañana, tenés el pedido”, le promete Daniel. La prótesis viajará en una caja que sólo contendrá los nombres de los involucrados en la transacción y no dará indicios sobre su contenido. “La encomienda no lleva ningún rótulo ni publicidad en su exterior porque eso es parte del trabajo que se realiza para preservar la intimidad del cliente. Dentro de la caja sí, hay folletos y publicidad del local”, explica.

Suena el teléfono nuevamente. Por la forma de hablar de Daniel, se trata de un cliente regular. El hombre pregunta por anillos media funda, que sirven para incrementar y prolongar la erección. Además, suma a su virtual carrito del goce dos cajas de preservativos retardantes, para no acabar tan rápido, y el llamado “anillo del amor”, que también combate la eyaculación precoz. En total, gasta ciento treinta pesos.

“Tengo clientes muy fieles. Compran siempre y varían los productos”, afirma Daniel, y agrega que el balance entre lo que llevan los hombres y lo que buscan las mujeres es “equilibrado”. “El hombre busca vigorizantes y retardantes; mientras que la mujer puede buscar vibradores, lencería o geles. Si fuman, llevan mucho gel. Algunas chicas de veinte años no tienen lubricación. El cigarrillo hace que la pierdan e incrementa la falta de deseo”.

Se abre la puerta de golpe. Es uno de los cadetes que envío la mensajería que trabaja habitualmente con los Díaz. El pibe fue tantas veces al local que ni siquiera toca timbre. Está absolutamente mojado por la lluvia, que ese día inundó la ciudad. Daniel le pide que espere mientras prepara todo: la caja para Orán (hasta la terminal), el pedido de la peluquera y los del cliente regular con intensos problemas de aguante.

Los pedidos con destino al interior se envían por giro radial, que es lo contrario al contra reembolso. El cliente recibirá el producto solamente si realizó el pago con antelación. “Pasó muchas veces que enviamos paquetes contra reembolso, no los retiraban y teníamos que abonar nosotros. Llegó un momento en que pagamos el precio de quince bultos, entonces mi viejo decidió empezar con este sistema. Hace más de cinco años que trabajamos con esto y funciona perfecto. De cincuenta personas que piden, tres pueden llegar a dudar del giro radial”, cuenta.

Daniel pone todos los productos para el cliente regular en una bolsa negra, opaca, sin ningún rótulo y la abrocha. Una más pequeña cubrirá el anillo que pidió la mujer. Luego guarda cada una de las bolsas negras en otras más lindas pero no por eso menos discretas. También guarda la prótesis que viajará al interior. Efectivamente, la caja es absolutamente ordinaria. Si uno no sabe qué es lo que hay adentro, jamás podría adivinarlo. Podrían ser batatas en almíbar, un traje de Bob Esponja o una colección de diccionarios Espasa Calpe.

Llega un hombre, debe andar por los sesenta años. Una vez adentro, se sacude las gotas de lluvia y comenta, como al pasar: “Lindo día para salir a buscar juguetes… ¿no?”. Mientras el cadete espera y Daniel continúa preparando los envíos, el viejo recorre el lugar.

En el medio, alguien llama y pregunta por vibradores. Daniel explica que los hay macizos sin vibración, que van desde los sesenta a los cien pesos, y los macizos con vibración que cuestan entre cien y doscientos cincuenta. Además, le pregunta qué tamaño está buscando. El cliente responde que necesita uno “normal”. Daniel sonríe y asegura que lo normal para uno puede ser anormal para otros, y solicita datos precisos. El hombre, finalmente, se decide por uno de catorce centímetros que será enviado junto con los tres pedidos anteriores.

El cadete será el encargado de cobrar el producto a los clientes de la ciudad y le sumará el costo del viaje al precio final, pero ignorará todo el tiempo el contenido de la entrega. “Andá a zona sur con esto, después a esta dirección y recién después dejá eso en la terminal”, le ordena Daniel. El pibe se sumerge en la lluvia con todos los pedidos y desaparece, convertido en un verdadero “delivery del placer”.

Más allá de los avances del negocio en nuestra ciudad y de que muchos salteños se animan a buscar una prótesis con la misma naturalidad con la que piden dos kilos de naranjas, otros no están muy convencidos de arriesgarse a que alguien los vea tocando el timbre de un sex shop. Para ellos, existe la solución: las reuniones de Tupper Sex. “Eso algo nuevo”, comenta Daniel, mientras explica en qué consiste la idea: “Se hace una reunión de amigos o amigas en alguna casa y voy yo como asesor de ventas con un maletín. Llevo productos para todo tipo de clientes”.

A pesar de que en cierto sentido es lo mismo que estar en el local (gente que analiza los pros y los contras de ciertos juguetes sexuales delante de otras personas), la reunión es más relajada al ser todos amigos. “Se ven las caras entre ellos pero es otro ambiente, ya que están todos de acuerdo en estar ahí. Siempre la pasamos muy bien”, argumenta Daniel y ese “muy bien” me hace dudar acerca de si esas reuniones consisten solamente en la muestra del producto o también en su uso.

Mi anfitrión me indica que los clientes, sea donde sea, preguntan mucho, hasta sacarse todas las dudas. “Para eso estamos –justifica-. Si yo brindo confianza, mis clientes van al grano. Por ahí, por vergüenza, vienen y preguntan por un gel cuando en realidad buscan retardar la eyaculación. Si yo no doy la confianza para que me pidan, por ahí se llevan algo que no quieren”.

Daniel encara al cliente sesentón, le pregunta qué necesita. “Ando buscando ayuda, porque ya no me da el cuero solo”, reconoce el viejo, sin vueltas. Daniel le ofrece distintos tipos de productos, desde vibradores hasta prótesis que pueden ser usadas sin tener el pene erecto. El hombre se decide por un pedazo macizo tremendo y suelta una frase inolvidable en referencia a su pareja: “Espero que no se cope mucho”.

Muchas personas que padecen alguna disfunción acuden al sex shop y reemplazan su dotes naturales ya obsoletos (o en problemas) con soluciones artificiales, pero la mayoría especula con el tamaño de lo que compra. Incluso lo hacen los que no tienen ninguna anomalía y solamente buscan incrementar el placer. El motivo se encuentra en un pensamiento muy recurrente: la idea de que un aparato artificial de mayor tamaño al propio pueda hacer gozar a la pareja aún más de lo habitual lleva inmediatamente a razonar que uno será dejado de lado. Daniel lo expres directamente: “Mayormente (los clientes) llevan tamaños de catorce o quince centímetros, porque no quieren que sus parejas se mal acostumbren”.

Una vez con su compra en la mano, el viejo se detiene a observar un pene gigantesco, del tamaño de un antebrazo y que cuesta doscientos cincuenta pesos. El tipo pregunta si la gente lo compra y Daniel le responde que sí, que no en grandes cantidades, pero que efectivamente, esa poronga descomunal es buscada por más de un cliente. “Es que hoy está de moda el fisting”, explica Díaz. El fisting consiste en hacer penetrar la mano en la vagina o en el ano, y en casos más extremos, introducir todo el brazo en el ano.

“Yo me acuerdo de una película sobre Calígula en la que mostraban que les metían el puño a los tipos”, cuenta el hombre, quien parece conocer del tema desde hace bastante tiempo. Finalmente, saluda y se va puteando a la lluvia.

Mientras continúa atendiendo llamados y consultas personales, Daniel me anticipa que a mediados de febrero Cupido inaugurará cabinas XXX, donde sus clientes podrán disfrutar de más de trescientas películas porno en un ambiente especialmente acondicionado. Le pregunto si cree que va a funcionar un negocio de ese estilo en Salta y responde con mucha seguridad que sí. “Hicimos un estudio de mercado –cuenta-. Vamos a dejar de ser un sex shop para convertirnos en un multiespacio erótico. Serán boxes individuales acústicos. Va a haber un televisor pantalla plana en cada uno y sillas cómodas para ver las películas. Además, vamos a tener un snack bar para que los clientes acompañen la película con una cerveza o una medida de whisky. Va a ser el primero de la ciudad”.

Daniel me da un ejemplo para que encuentre una razón interesante a la utilización de las cabinas y para que no piense directamente en una horda de pajeros sin una buena banda ancha como los únicos clientes posibles de ese emprendimiento: “Muchas veces pasa que personas mayores, que tienen los chicos grandes, se compraron una película condicionada y están esperando que sus hijos se duerman para verla, pero los chicos por ahí se quedan hasta las dos o tres de la mañana despiertos y la pareja se cansa y se va a dormir. Entonces vienen y la ven acá. Incluso vamos a poner un día de trasnoche”. No logra convencerme, pero le digo que es una buena apuesta.

Con o sin éxito, la instalación en nuestra ciudad de este tipo de servicios implica que los salteños buscan, gustan y necesitan una sexualidad sin tapujos. Daniel lo confirma categóricamente: “Hoy somos parte de la cultura salteña. Estamos inmersos en la sociedad”. Y atiende nuevamente el teléfono, que no para de sonar.

jueves, 31 de marzo de 2011

TALLER LITERARIO DE AUTOEDICIÓN


Lectura de autores contemporáneos/coetáneos americanos.

Nociones básicas de estilo en relación con las lecturas.

Interpretación crítica de textos propios y ajenos.



Autopublicación



En distintos medios de difusión (gráficos, digitales y performativos)



Contenidos:

Americanos del norte: Carver/Lish, Bukowski, Foster Wallace, Palahniuk, Hunter Thompson, Pynchon, Amy Hempel.

Latinos: Pedro Juan Gutiérrez, Bolaño, Mario Bellatín, Víctor Hugo Viscarra, Efraín Medina Reyes, Israel Centeno, Julio Barriga, Gustavo Escanlar, Mario Levrero.

De acá: Sergio Bizzio, Rubén Mira, Ramón Paz, Salfina, Fogwill, Cicco.

los próximos: Federico Falco, Pablo Natale, Luciano Lamberti, Marcelo Ahumada, Daniel Medina, Pancho Rodríguez, Pepe González, Chuky, Alejandro Luna, Meliza Ortiz, Federico Leguizamón, Cecilio Pastrami, Varas Mora.





Destinatarios: Público en general.



Duración: Tres meses (Abril - Junio)



Lugar: Sala de Conferencias de la Biblioteca de la Provincia. Sarmiento y Belgrano



Inicio: Viernes 8 de Abril a hs. 10



Arancel: $ 50 mensual



Contactos: Juan Manuel Díaz Pas cronopisimo62@yahoo.com.ar

Rodrigo España rodrigoe@mail.com

martes, 29 de marzo de 2011

Extra, Extra!!






Ya está disponible el segundo tomo de la novela de Rodrigo España. Hete aquí las dos tapas con las que ya anda circulando el libro.

lunes, 7 de febrero de 2011

El candidato




Esto de un artista-terrorista llmado Jesús Flores.
(Obra completa en Facebook)

martes, 21 de diciembre de 2010

Adoramos a esta hija de puta:

http://infamiapura.blogspot.com/

martes, 30 de noviembre de 2010

Bolufrases:

“Yo soy un salteño que se considera innovador pero no estoy a favor del aborto y no estoy a favor de todas las cosas que significan ser moderno e innovador”, sostuvo Juan Manuel Urtubey tras ser consultado sobre las opiniones que lo califican como conservador.

viernes, 26 de noviembre de 2010

CONJETURA (*)



"la inspiración necesita enfermedad, heridas y locura", Chuck Palaniuk.



Desde luego una infame patraña es la mía, una entre tantas, ¿acaso no ha leído el epígrafe de perlongher? No me escudo en ningún sacrificio por publicar, publico nomás y lo pongo a circular sin esperar que alguien en particular lo vaya a leer. La cuestión de la disputa madre ya es otra cosa: no soy el único que lo dice y poca importancia tiene ahora que sea yo uno de entre tantos. Todos somos una circunstancia, un evento, pasajeros en el magma de los discursos. La polémica es que no puedo estacionar mi bici en la casa de la cultura y que ahora, encima, tampoco me dejan usar el baño y eso que me vi todos los cuadro y ademàs me gustaron. Desde luego Morandini no tiene la culpa ni tampoco el señor de la seguridad, quien de esa manera se gana la vida, diría que la responsabilidad (no sé si la culpa) recae en mariano ovejero, secretario de turismo de la provincia. El mío es el esfuerzo de un cualquiera por señalar otras maneras de hacerse cargo de la literatura, pero mi manera no es la única ni la más legítima, que cada quien haga con ella lo que quiera, pero no me vengan a decir que SOLO en la casa de la cultura viven el arte y las letras. En la superficie estoy contento con usted (únicamente tuteo a mis amigos entrañables), creo que todos existimos para ser respondidos, es un principio de insuficiencia elemental sin el cual nunca saldríamos de nuestra casa, pero no me interesa su respuesta por lo que dice como por el gesto mismo de presentarse para ayudarme a pensar. Digamos claramente que no es posible hablar sino “contra”, “después” de que alguien ha proferido su palabra: uno (no yo ni usted, uno) retoma el discurso allí donde el otro había señalado su interrupción para hacerse con la palabra y decir lo suyo, con su propia voz, motivo por el cual nunca puede haber acuerdo salvo como simulacro, salvo como malentendido. Luego respecto a lo que soy, pues al parecer usted maneja información que desconozco, no es aparecer mencionado lo que me interesa, es llegar al otro, quien quiera que sea: la cuestión es que mis textos circulan muchas veces en ámbitos como la universidad, los blogs donde se reúne la gente ingenua, los mails vomitivos dirigidos contra los despiertos del gueto literario salteño: si usted se hace cargo de retomar el turno después de que yo he hablado eso ya no me puede concernir más que como escucha, usted es, por su parte, una posible encarnación del otro, claro que tuvo la ocurrencia de hacerlo público, a diferencia de muchos otros a quienes no les interesa opinar y decir cómo debo hablar y ser. Después “literatura salteña”: es decir ¿qué?, ¿a estas altura todavía andamos con eso?, creo que hay literatura, descreo de sus límites geográficos, generacionales, temporales. Los limitados somos nosotros, no nuestras palabras y la verdad es que ellas pueden decir lo que se les ocurra, hasta desmentirme a mí, que, repito, no soy más que un evento en el discurso, como usted, como cualquiera, ¿o qué, un poeta es diferente de un albañil, de un cura, de un destapador de cloacas, de un verdulero, de una peluquera, de un chino, de un rey de la edad media, de un lustrabotas, de un lamebotas, de un asesino, de una prostituta, de un agente de la cia, de un monotributista, de un anarquista, de otro poeta, de un aparato de radio, de un mocasín, de un chorro de tinta derramado sin querer encima de una camisa de seda, de una empanada (uy, perdón, retiro lo de la empanada), de un cacho de estiércol? A lo mejor sigo en la ingenuidad y en vez de poetas veo personas que hablan y sostienen discursos que jamás desacuerdan con la ideología del poder, que consideran que la palabra les pertenece de manera exclusiva. Pues no, apenas si el decir de un poeta alcanza para rellenar el pedazo de atmósfera que él ocupa, que él mismo es. Continuo: ¿robar?, pero pensé que había quedado claro que la palabra le pertenecía a cualquiera, que cuando uno (ni yo ni usted) la arroja deja de pertenecerle, ¿no hemos llamado a eso donación?, ¿no hemos pensado que el poder del lector descansa en que él, justo él a quien le había sido dada la palabra, puede hacer con ella lo que le plazca? Llamé a esto interpretación aberrante sin otro motivo más que la sugerencia de paul de man, quien la condena, y de umberto eco, que también lo hace. En fin, tampoco sé muy bien a qué se refiere con las ideas que robo y no oculto, si a los poemas citados, si a las citas de ensayistas o a qué. Ahora lo de la pluma me hace pensar en pavos, gansos, gallinas, cuervos, en condorito y en coné. Le agradezco la siguiente idea: a partir de ahora me referiré a los escritores salteños (¿usted es uno de ellos?) como los plumíferos. Bueno, pero es que usted me dio la idea. Sería un dato interesante que podríamos relevar a fin de descubrir cómo escribe cada uno: ¿usted todavía usa pluma?, yo solo si me disfrazara de indio de película. Lo del vómito, en cambio, me tiene sin cuidado, ¿por qué no habría de tener la jeta llena de ácido como la de un alien?, puedo ser suave y amoroso, pero no con todos, vamos, a usted le pasa lo mismo, ¿qué no? Ignoro cuánto pagan los romero, habría que preguntarle a Fernanda abad o a lucho andolfi, aunque no creo que me llamen. A menos que sea para aparecer en la sección policiales no se me ocurre qué podría hacer en el tribuno, bueno, ir a hincha pelotas. El tema Alicia poderti: todo lo que sé de ella es que en salta su nombre circula en el ámbito del chisme. Sigamos, ¿qué quiere decir usted con esto? (permítame citarlo/a): “Miente, miente, que algo queda a tu favor; destrozá todo lo débil a tu alrededor así sentís el vértigo que da el crear un mundo para ignorantes más desesperados que vos”: qué es lo débil a mi alrededor, y ahora te voy a tutear porque al final me caíste bien: no ves que no soy yo, de nuevo no soy yo el que importa, yo soy cualquiera, todo el tiempo, a nadie más que a la gente del gueto le interesa mi conversación, pero si voy al mercado, si voy al bajo, si voy a la facultad de ciencias de la salud, si voy a la ruta 51, si voy a andar en bici, deja de interesar lo que yo haga, lo que vos hagás, y comienza a ganar forma la idea de que acaso no somos tan distintos, que lo importante no era cuántos poemas me salen por semana, en dónde publico, con quién me junto, de quién hablo, sino que lo importante era, YA ERA desde antes de comenzar a escribir, la posibilidad de pensar en la formación de vínculos solidarios con los otros. Lo que importa, a pesar de mis palabras, de mis exageraciones, de mis contradicciones, era si podía encontrar en el otro a un compañero, y no, no lo encuentro en el gueto de los plumíferos, donde reina la mezquindad y el egocentrismo, la soberbia y la certificación de linajes obsoletos, la promoción de filiaciones absurdas, que nada dicen de la poesía porque ella, si se escribe, no se reduce a un auditorio de aplaudidores, de sobadores de espaldas, porque el mundo en donde la palabra anda de pie queda de la vereda para afuera, en donde no se discute el gusto literario sino el sentido de la vida, ¿cómo hemos de sostener con nuestra vida aquello vivido y comprendido en el arte para que lo vivido y comprendido en el arte no permanezca sin acción en la vida? Perdón, he citado a Bajtín, lo podés buscar en estética de la creación verbal bajo el título de arte y responsabilidad. Estoy seguro, para continuar, que muchos poetas en la tierra de poetas suponen que hablar de solidaridad significa hablar de caridad. Por el contrario, pienso que no tengo motivos para subestimar al otro imprimiéndole marcas fascistas como ignorante y desesperado. Retomo el usted porque ya me empezó a caer mal: ¿usted dónde vive?, ¿en un nimbo de flatulencias? (jeje, bueno,che). El otro no necesita de mí ni de mi palabra, de mi puesía, el otro acaso necesita mis oídos, pero esa es mi conjetura y, puesto que no soy más que un poetudo, es lo único que sé hacer: conjeturar.

el juan

elindiegente.blogspot.com
(*) N. de R. Respuesta de Juan Manuel a uno de los comentarios/insultos dejados en su nota anterior. Opadromo ve como algo altamente positivo que, entre todos los insultos dejados, al final alguien ha puesto su nombre y apellido (Sebastian Echenique), en vez de escudarse en el anonimato. Quizá en poco tiempo se progrese y alguien se anime a abrir un debate, como lo ha hecho Alejandro Morandini.